En 'Dragon Ball', su alma no solo está en las grandes batallas, sino en esos segundos aparentemente irrelevantes que hoy ya no existen.
Hay algo que muchos fans sienten, pero no siempre saben explicar con palabras. Ves algo de Akira Toriyama hoy, ya sea Dragon Ball Super o Dragon Ball DAIMA, películas recientes o remasterizaciones y, aunque reconoces a los personajes, las voces y los ataques, no se siente igual. La realidad es que hace falta algo que sí estaba ahí en los 90 y que hoy simplemente no aparece.
Durante años, se han dado muchas explicaciones. Unos apuntan a que es la nostalgia, mientras que otros mencionan que es porque todo es más comercial hoy. Que si antes había más riesgo, más humor absurdo, o más emoción en las peleas. Pero hay un detalle mucho más pequeño, casi invisible y justamente por eso tan poderoso: un cambio que ocurrió sin hacer mucho ruido pero que, en retrospectiva, explica muchísimo.
No es solo la historia, es cómo se ve y cómo se sentía
En los 90, Dragon Ball Z no solo se veía diferente: se sentía vivo. Cada episodio tenía pequeñas decisiones visuales que no avanzaban la trama, pero construían identidad. Colores intensos, dibujos con imperfecciones, movimientos exagerados y silencios incómodos. Todo parecía hecho a mano porque lo estaba.
Pero el detalle olvidado que marcó la diferencia la desaparición de los llamados eyecatches y, con ellos, de una forma muy particular de animar Dragon Ball. Los eyecatches eran esas pequeñas animaciones o ilustraciones que aparecían justo antes y después de los cortes comerciales en el anime japonés.
No duraban más de unos segundos, pero eran memorables. Personajes posando, sonriras raras. gestos exagerados y a veces, puro humor visual sin contexto. No eran esenciales para la historia, pero sí para el alma de la serie. Tanto así que, cuando Dragon Ball Z llegó a formatos físicos en inglés, hubo auténtico entusiasmo cuando se incluyeron eyecatches en los sets.
Más que separadores, eran identidad
Un eyecatch no es solo un corte bonito. En el anime japonés, es un elemento diseñado para captar la atención inmediata, para marcar una pausa y luego devolverte al episodio con energía renovada. Es una mini pieza de animación donde los artistas podían jugar, exagerar y experimentar sin restricciones narrativas.
Ahí es donde Dragon Ball se permitía ser absurdo, caricaturesco y espontáneo. Con la transición hacia composiciones digitales más rígidas, estos espacios desaparecieron. Y con ellos, esa sensación artesanal de estar viendo algo hecho con cariño.
El paso de lo hecho a mano a lo digital
La transición a lo digital no es mala por sí misma. Muchos animes actuales son espectaculares. El problema es que Dragon Ball nació y se definió en otra lógica: la del trazo visible, la del error humano, la del dibujo que tiene una vibra única.
Cuando la franquicia abandonó ese enfoque, incluidos los eyecatches, perdió algo intangible. No fue de golpe. Fue poco a poco. Hasta que un día los fans miraron un episodio nuevo y pensaron: "Se ve bien pero no se siente igual".