La historia de Sean Connery y Gandalf se ha convertido en una advertencia clásica en la industria sobre lo impredecible que puede ser el cine.
Hay decisiones en Hollywood que parecen pequeñas cuando se toman. Y luego pasa el tiempo convierte en una de las anécdotas más increíbles de la historia del cine. Durante décadas, Sean Connery fue sinónimo de prestigio, presencia y carisma absoluto. Ganó un Oscar, definió a James Bond y trabajó con los directores más importantes de su generación, como con Steven Sielberg en Indiana Jones y la última cruzada. Nadie podía acusarlo de falta de olfato para buenos proyectos.
Pero a finales de los años 90, cuand Connery estaba en una posición envidiable, el actor podía elegir proyectos, rechazar ofertas sin dar explicaciones y trabajar solo cuando algo realmente le interesaba. No necesitaba probar nada. Justamente por eso, cuando apareció el guión gigantesco y lleno de nombres raros de El señor de los anillos, su reacción fue directa: no lo entendió.
El mago que casi fue y no
El director Peter Jackson tenía claro a quién quería para interpretar a Gandalf en El Señor de los Anillos. Para él, Connery era la opción ideal: voz profunda, autoridad natural, presencia mítica. El mago perfecto para guiar a la Tierra Media en su lucha contra Sauron. Pero el actor no comprendió lo que significaba el mundo de J.R.R. Tolkien.
Sean confesó más tarde que leyó el material y no logró conectar con la historia. Le parecía confusa, excesiva, demasiado fantasiosa incluso para alguien con su experiencia. Así que hizo lo que siempre había hecho: dijo que no y siguió adelante. El problema es que ese guion no era cualquier cosa, sino el inicio de una de las sagas más ambiciosas.
Gandalf no era un personaje menor. Era el corazón moral de la historia. Un ser ancestral, poderoso, sabio y, al mismo tiempo, cercano. En pocas palabras: un papel hecho a la medida de una leyenda viva del cine.
Un error de grandes cifras
El resto es historia. El papel terminó en manos de Ian McKellen, quien no solo aceptó el reto, sino que lo convirtió en uno de los personajes más queridos de todos los tiempos. Su Gandalf es ya inseparable de la franquicia.
La trilogía fue un fenómeno global, taquillas por los altos, premios y un impacto que no se ha desvanecido ni un poco. Pero la parte más dolorosa es que el contrato original incluía un porcentaje de las ganancias.
Se calcula que Sean Connery podría haber ganado entre 400 y 450 millones de dólares si hubiera aceptado el papel. No por salario base, sino por participación en beneficios. Un error histórico, financiero y cinematográfico.
¿Se arrepintió alguna vez?
Con el tiempo, Connery admitió que rechazar El Señor de los Anillos fue un error. Tanto, que aceptó participar después en La liga de los hombres extraordinarios, un proyecto que no terminó de funcionar. Irónicamente, esa decisión sí acabó siendo un tropiezo creativo y prácticamente marcó su retiro del cine.