Sydney Sweeney no está huyendo de las críticas. Está facturando con ellas. Tomando aquello que otros señalaban y transformándolo en una plataforma desde la cual hablar, crear y decidir.
Desde Euphoria, Con todos menos contigo e Inmaculada, durante los últimos años, el nombre de Sydney Sweeney ha estado en todas partes. En redes, en alfombras rojas, en los titulares y también en debates que no siempre han sido amables. Su imagen, su cuerpo y su presencia en pantalla: todo ha sido analizado, aplaudido y criticado con la misma intensidad.
Y si algo ha hecho en los últimos años, la actriz ha hablado abiertamente de algo que, aunque cotidiano, rara vez se toma en serio dentro de la industria: lo incómodo que puede ser encontrar lencería que realmente funcione. Tirantes que se clavan, bandas que aprietan y diseños pensados más para verse bien que para vivir dentro de ellos.
El fastidio constante e ignorado comunmente se fue acumulando. Y como suele pasar con las personas inquietas, terminó convirtiéndose en una obsesión creativa. La respuesta llegó en forma de proyecto propio para Sweeney: ambicioso, persona y sobre todo, controlado por ella de principio a fin.
Tomar el control (literalmente)
La marca se llama Syrn, se pronuncia "siren, y no es una colaboración más con una firma existente. Es una apuesta que nació mientras Sweeney trabajaba en La empleada, y fue ahí donde terminó de darle forma a esa idea de hacer su propia línea de lencería que llevaba tiempo rondándole la cabeza.
El lanzamiento inicial de Syrn incluye una colección de lencería con detalles de encaje, brasieres diseñados para el uso diario y algo que marca una diferencia real: 44 tallas distintas, que van de la 30B a la 42DDD. No es marketing, sino ingeniería de producto.
Y lo más interesante es que Sydney Sweeney no solo presta su cara, sino se involucra en todo: desarrollo, pruebas, decisiones creativas y dirección estética. En lugar de promocionar el diseño de alguien más, ella es la diseñadora, desarrolladora y la directora creativa.
Más que moda, una postura
En una industria que suele reducir a las actrices a su imagen, el movimiento de Sweeney es más que revolucionario. Si su cuerpo va a ser tema de conversación constante, algo que no debería ocurrir, entonces ella tomó las riendas y decidió bajo qué términos. Y mejor aún: lo convierte en negocio.
No se trata de "vender algo sexy". Se trata de vender comodidad real sin renunciar a la estética. De demostrar que la sensualidad no tiene por qué doler, y de paso, cuestionar por qué durante décadas se aceptó que la lencería fuera incómoda como norma.
A sus 28 años, Sweeney entiende perfectamente el momento en el que está. Su popularidad es altísima y su visibilidad también. Pero en lugar de depender solo de papeles y contratos ajenos, ella construyendo algo propio. Algo que no desaparece cuando termina un rodaje.