30 años después de los grandes clásicos, esta cinta de Netflix demuestra que el género sigue vivo. Solo necesitaba mirar a las estrellas desde un lugar más humano.
Cuando pensamos en ciencia ficción, es inevitable mirar hacia atrás. A esos títulos que marcaron época y que hoy ya rozan o superan las cuatro décadas de existencia. Volver al futuro, Terminator o Alien, el octavo pasajero no solo definieron el género, también moldearon nuestra forma de imaginar el futuro, los viajes en el tiempo y el terror espacial.
El problema es que, con semejantes gigantes detrás, pareciera que la ciencia ficción moderna solo puede vivir a la sombra del pasado. Muchos efectos visuales y mucha tecnología pero pocas historias que realmente se queden contigo. Y entonces aparece una película en Netflix que apuesta por algo más arriesgado: la soledad, la culpa y la mente humana flotando en el vacío.
Ciencia ficción íntima, no ruidosa
La película se llama El astronauta y es una de esas rarezas que llegan a Netflix casi en silencio hasta que alguien la ve y no puede dejar de hablar de ella. Dirigida por Johan Renck, el mismo responsable de la aclamada miniserie Chernobyl, esta cinta se aleja por completo del sci-fi tradicional.
Aquí no hay prisas. Todo se cocina a fuego lento, en un espacio reducido y con un solo hombre enfrentándose a sí mismo. Y eso es más aterrador que cualquier alien con colmillos.
Un viaje al espacio por razones muy humanas
La historia sigue a Jakub Procházka, un astrofísico checo que arrastra una vida marcada por la pérdida. Quedó huérfano siendo niño y creció con el peso de un apellido manchado: su padre fue parte del Partido Comunista más brutal de su país. Esa culpa heredada nunca lo abandonó del todo.
Cuando le ofrecen una misión espacial de alto riesgo, ocho meses completamente solo para investigar una nube de polvo cósmico formada tras el paso de un cometa, Jakub acepta. No porque sueñe con ser astronauta. Sino porque ve en ese viaje una forma de redención y de hacer algo que justifique su existencia.
La soledad como enemigo principal
A medida que se aleja de la Tierra y se dirige a un punto perdido entre nuestro planeta y Venus, la soledad comienza a hacer estragos. El silencio pesa, el encierro se vuelve asfixiante y los recuerdos regresan sin pedir permiso.
Y entonces aparece una enorme araña parlante que camina por el interior del transbordador y comienza a hablar con él. A veces de forma amable, a veces incómoda y otras dolorosamente honesta. ¿Es un ser extraterrestre real? ¿Es una alucinación? La película nunca te da una respuesta clara y ahí está su mayor fuerza.
Ciencia ficción que funciona como espejo
El astronauta no quiere explicarte cómo funciona el universo. Quiere preguntarte cómo funciona tu cabeza cuando todo lo demás desaparece. Usa el espacio como metáfora y el vacío exterior refleja el vacío interior de Jakub.
La araña no es un monstruo tradicional. Es una presencia inquietante, casi terapéutica, que lo obliga a enfrentarse a su pasado, a su matrimonio roto y a la culpa que lleva años evitando. Es ciencia ficción pero también es un drama psicológico disfrazado de viaje espacial, perfecta para una noche de jueves.