Después de ver esta cinta, cuesta volver a pensar en Willem Dafoe como solo un villano. Porque aquí demuestra que también puede ser ternura, dolor y humanidad pura.
Hablar de Willem Dafoe es pensar en automático en miradas inquietantes y personajes que incomodan. Muchos lo tienen grabado en la memoria como el villano desquiciado de Spider-Man, otros no olvidan su descenso a la locura como Thomas Wake en El Faro, y hay quienes todavía sienten escalofríos al recordarlo como Donald Kimball en Psicópata americano.
Dafoe tiene ese talento raro para hacerte sentir incómodo sin levantar la voz, pudiendo ser amenazante con solo quedarse quieto. Por eso, durante años, fue fácil encasillarlo como el tipo perfecto para personajes oscuros, ambiguos o directamente perturbadores. Lo que pocos esperaban es que ese mismo actor terminaría entregando una de las interpretaciones más sensibles y humanas de toda su carrera.
Cuando el monstruo se convierte en alma rota
La película es Van Gogh en las puertas de la eternidad, un drama profundamente introspectivo que se mete en los últimos años de vida de Vincent van Gogh. Aquí, Dafoe deja de ser amenaza para convertirse en fragilidad pura. Hoy la puedes ver, alquilándola en Prime Video.
La historia se sitúa en Arles, al sur de Francia, donde el pintor se refugia buscando calma, luz y un espacio para crear lejos del ruido. Muchos creían que su carrera estaba en caída libre, pero ese periodo, que abarca apenas unos 80 días, fue explosivo: más de 70 pinturas surgieron en ese lapso. Obras llenas de energía, color y una intensidad que parecía venir de otro mundo.
Un genio incomprendido, incluso por sus amigos
La estancia de Van Gogh en Arles fue impulsada por su amigo y colega Paul Gauguin, quien veía con preocupación la forma acelerada y casi desesperada con la que Vincent pintaba. Brochazos gruesos, texturas ásperas, superficies que parecían barro más que lienzo. Para algunos, eso era señal de decadencia.
Para Dafoe, es justo ahí donde resalta su personaje. Su Van Gogh no es el genio romántico idealizado, sino un hombre agotado, obsesivo uy vulnerable. Alguien que siente el mundo demasiado fuerte, que escucha voces, que se pierde en su mente y que lucha todos los días contra demonios invisibles mientras intenta capturar la belleza que otros no ven.
Una actuación que duele y conmueve
Lo impresionante es cómo Dafoe construye a Van Gogh desde lo físico y lo emocional. Camina raro ,respira agitado y mira el paisaje como si le estuviera hablando. No actúa el sufrimiento, lo habita dentro de él.
Hay momentos en los que parece completamente perdido, vagando por las calles, borracho, sucio y desconectado. Y aun así, cuando se enfrenta a la naturaleza, a un campo, a un cielo abierto, algo se enciende. Es ahí donde el artista aparece, incluso cuando el hombre se está cayendo a pedazos.
El contraste que lo hace inolvidable
Ver a Dafoe pasar del Duende Verde o de figuras siniestras a este Van Gogh roto es impactante. No porque sea un cambio forzado, sino porque demuestra la amplitud real de su talento. El mismo actor que antes generaba miedo aquí provoca compasión.
La película no busca glorificar el sufrimiento ni romantizar la enfermedad mental. Lo muestra como algo crudo, agotador y devastador. Pero también como parte del precio que este artista pagó por ver el mundo de una forma única.