Con o sin Oozaru "original", 'Dragon Ball Z' siempre seguira siendo 'Dragon Ball Z'. Y eso, pase lo que pase, nadie lo puede cambiar.
Dragon Ball Z es de esas series que creemos conocer de memoria. Las batallas, los gritos eternos, los peinados imposibles y esas transformaciones Super Saiyajin que marcaron a muchas generaciones. Pero lo curioso del fenómeno Dragon Ball es que, dependiendo del país donde lo vieras, no siempre era exactamente el mismo anime que pasaban en Japón o en Latinoamérica.
Aunque parezca raro, hubo versiones de Dragon Ball Z que cambiaron cosas importantes. No detalles mínimos ni accidentales. Hablamos de modificaciones profundas que alteraron la forma en la que se entendían ciertos conceptos clave de la historia. Y no, no fue por censura de violencia o sangre por todos lados, como solemos pensar.
En algunas regiones del mundo, la serie tuvo que adaptarse a contextos culturales muy específicos. Tan específicos que incluso una de las transformaciones más icónicas de la saga sufrió ajustes importantes. Y no fue un cambio al azar, ni un capricho de los editores.
Una transformación que no todos vieron igual
Para muchos fans, la transformación en Oozaru, también conocido como el Gran Simio es uno de los elementos más salvajes y memorables de Dragon Ball Z. Esa imagen de Goku o Vegeta perdiendo el control bajo la luna llena se quedó grabada en la memoria colectiva. Sin embargo, en la versión árabe del anime, esa idea fue suavizada.
El doblaje árabe de Dragon Ball Z, producido por Venus Centre y emitido por Spacetoon, realizó una edición considerable de las escenas relacionadas con el Oozaru. ¿El motivo? Evitar que la serie promoviera conceptos que chocaran con creencias religiosas y culturales, en especial todo lo relacionado con la teoría de la evolución de Darwin.
En lugar de presentar la transformación como una regresión primitiva o una herencia biológica, la versión árabe optó por reinterpretarla. El Gran Simio dejó de ser una forma ancestral ligada a la genética y pasó a entenderse más como una especie de maldición o fenómeno externo, sin vínculos evolutivos claros.
Cambios sutiles pero significativos
Lo interesante es que estos ajustes no siempre fueron evidentes para el espectador casual. No es que eliminaran por completo al Oozaru ni borraran las escenas. Más bien, se modificaron diálogos, explicaciones y contextos. Palabras clave desaparecieron y otras fueron reemplazadas por términos más neutros.
Por ejemplo, se evitó hablar de "orígenes", "antepasados" o "evolución". En su lugar, la transformación se presentaba como algo misterioso, casi sobrenatural. Un poder peligroso pero sin una explicación científica o biológica detrás.
Así, la narrativa se mantenía emocionante y visualmente impactante, pero alineada con los valores que la televisora consideraba adecuados para su audiencia infantil y juvenil. Porque muchos países árabes, Dragon Ball Z se transmitía como un programa claramente dirigido a niños.
Este caso demuestra algo fascinante: Dragon Ball Z no es una obra única e inmutable. Es un fenómeno global que ha sido reinterpretado, ajustado y reimaginado en distintos países. Lo que para unos era ciencia ficción exagerada, para otros podía ser un tema sensible.