Bridgerton sigue siendo un referente del romance televisivo. Solo que, en esta ocasión, parece más interesada en lo que viene que en lo que tenía enfrente.
Si hay una serie que convirtió los bailes de salón en eventos virales y las miradas prolongadas en arma de seducción masiva, esa es Bridgerton. Y ahora que Netflix estrenó la parte dos de la temporada cuatro, la expectativa estaba por las nubes. Más romance, más escándalo y más momentos ardientes escondidas entre encajes y corsés.
La primera mitad dejó el corazón a medio latido. La tensión entre los protagonistas prometía una segunda parte explosiva. Y si bien hay momentos que cumplen también hay decisiones que no enamoran tanto. Porque esta vez, la historia principal compite con algo que pesa demasiado: la preparación de lo que vendrá en la temporada cinco. Y ahí empieza el problema.
Lo bueno: química, intensidad y momentos que sí funcionan
Cuando la temporada se concentra en su romance central, brilla. Las escenas íntimas, no necesariamente explícitas, sino emocionales, están bien construidas. Hay miradas que dicen más que páginas enteras de diálogo.
El crecimiento de los personajes se siente orgánico en varios momentos. No todo es escándalo y vestidos espectaculares; también hay vulnerabilidad. Y visualmente, la serie sigue siendo una fantasía. Vestuarios impecables, escenografías que parecen pinturas vivas, música moderna reinterpretada en versión instrumental que funciona bien en conjunto.
Además, la dinámica entre las familias sigue siendo uno de los motores más sólidos de la historia. Los pequeños roces, las intrigas sociales, los silencios incómodos en la mesa, es ahí donde Bridgerton sigue teniendo colmillo.
Lo horrible: demasiado enfoque en la temporada cinco
La segunda parte de la temporada cuatro dedica demasiado tiempo a sembrar la próxima historia de amor. Y lo hace a costa del romance actual. En lugar de profundizar en el conflicto emocional que nos vendieron desde el inicio, la narrativa empieza a dividir su atención.
Hay escenas que claramente funcionan como prólogo de lo que veremos más adelante. Presentaciones, tensiones nuevas, subtramas que todavía no deberían robar tanto foco. El problema no es que preparen el terreno, eso es natural en una saga, sino que lo hacen sacrificando momentos que el romance principal necesitaba para consolidarse.
El resultado: el cierre se siente un poco apurado. Algunas resoluciones llegan rápido o demasiado fácil. Después de tanto, uno esperaría una recompensa emocional más contundente. Y eso deja una sensación rara. No es decepción total, sino de frustración.
¿Sigue siendo adictiva? Sí. ¿Es perfecta? No. La temporada cuatro, parte dos, tiene todo lo que hizo famosa a la serie: glamour, drama y tensión romántica. Pero también muestra los riesgos de una franquicia que ya piensa demasiado en el futuro. Cuando la historia se enfoca en el aquí y ahora, funciona. Cuando empieza a construir la siguiente temporada antes de terminar la actual, pierde fuerza.