Desde los 80, Cage ya mostraba que no pensaba entrar a una película para portarse bonito.
Hay actores que se acomodan desde el inicio, encuentran su tono, lo repiten y se vuelven confiables para el estudio, el público y para cualquiera que quiera vender una película de forma segura. Pero Nicolas Cage nunca fue de esos. Desde joven, el actor de El tesoro perdido y Ghost Rider ya tenía esa energía impredecible que lo caracteriza y de buscar una forma de hacer algo que no se pareciera del todo a lo esperado.
En sus inicios, estaba el asunto del apellido. Cage pasó buena parte de sus primeros años intentando tomar distancia de la familia Coppola para no cargar con señalamientos de nepotismo, al grado de adoptar un nombre artístico distinto. De hecho, antes de aceptar, rechazó varias veces una película que dirigía su tío, el legendario Francis Ford Coppola. No era solo decirle que no a un proyecto; también era marcar una raya propia.
Una cinta muy distinta a lo que hoy asociamos con él
La cinta en cuestión fue Peggy Sue, su pasado la espera, estrenada en 1986, una comedia dramática con toques de fantasía protagonizada por Kathleen Turner y dirigida por Coppola. La historia seguía a una mujer de 43 años, al borde del divorcio, que durante una reunión de exalumnos terminaba viajando de vuelta a su adolescencia y reencontrándose con la vida que alguna vez creyó tener resuelta.
El papel que le tocaba a Cage era el de Charlie Bodell, el novio adolescente de Peggy Sue, un personaje que en el presente está marcado por la rutina y el desgaste del matrimonio. La película se fue por la nostalgia, melancolía, el humor y lecciones de la juventud, vista desde los ojos de alguien que ya sabe cómo terminó todo. Hoy, no suena precisamente como el terreno natural del Cage que después conoceríamos.
A él no le interesaba nada
Según contó el propio actor, él rechazó la película cinco o seis veces. Incluso recordó que le preguntó directamente a Coppola por qué quería hacer esa historia, y el director intentó explicársela diciéndole que era "como 'Our Town'", una obra de teatro de 1938 que presentaba la vida cotidiana de los estadounidenses. Fue una mala idea porque no soportaba esa historia.
Desde ahí, Cage mostró que ya sabía lo que quería. No era el típico actor que duda por agenda, dinero o estrategia de carrera. Simplemente no conectaba con la película y no le encontraba esa chispa que lo hiciera decir que sí. Mucho menos aceptó por disciplina familiar o por compromiso.
Cambio de planes
La mejor parte vino después. Cage terminó diciendo que sí, pero no para hacer una versión esperada del personaje. Llegó a los ensayos con una idea que sonaba rara incluso para los estándares de Hollywood ochentero: darle a Charle un acento extraño.
La reacción fue la esperable. Cage recordó que varios pusieron los ojos en blanco mientras él hablaba de esa forma, y que Kathleen Turner se molestó bastante con el enfoque. Ella estaba sosteniendo el centro emocional de la película, una historia de segundas oportunidades y desencanto adulto, y enfrente tenía a un compañero haciendo una voz caricaturesca.
Francis Ford Coppola insistió hasta que su sobrino aceptó, pero una vez dentro no se dedicó a corregirle cada rareza para volverlo más fácil de digerir. Lo dejó avanzar incluso con el descontento de parte del elenco. Como buen director, Coppola seguía siendo la figura dispuesta a tolerar cierta incomodidad, y Cage ya venía ensayando la versión de sí mismo que luego sería imposible confundir con la de cualquier otro actor.