Críticas
3,5
Buena
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma

El slasher que conquistó Cannes

por Cristina Ibáñez

Hace un par de días, acá en el Festival de Cannes, vi una de las películas más perversas de toda la selección: Teenage Sex and Death at Camp Miasma. La nueva propuesta de Jane Schoenbrun es, en apariencia, un slasher adolescente lleno de sangre, sexo y campamentos malditos… pero debajo de toda esa violencia hay una película mucho más extraña, incómoda y obsesiva. Y sí, todavía me cuesta creer que en Cannes se haya proyectado un slasher. Pero la verdadera pregunta aquí es: ¿funciona como película de horror?

Teenage Sex and Death at Camp Miasma, protagonizada por Hannah Einbinder y Gillian Anderson, sigue a un grupo de jóvenes atrapados dentro del oscuro universo de una legendaria franquicia slasher ambientada en un campamento de verano. Entre asesinatos, obsesión y deseo, la película mezcla horror psicológico, nostalgia ochentera y fandoms tóxicos, mientras la línea entre ficción y realidad comienza a desmoronarse poco a poco.

Y justo ahí es donde la película encuentra su mayor fortaleza… y también su mayor problema.

Porque Schoenbrun toma todos los elementos clásicos del slasher adolescente: campamentos, sangre, sexo, persecuciones y asesinos imposibles de matar, todo para construir algo mucho más íntimo sobre identidad, deseo y obsesión cultural. La película constantemente juega con la idea de cómo consumimos el horror, cómo idealizamos ciertas franquicias y cómo los fandoms terminan apropiándose emocionalmente de las historias.

Ahora, no quiero revelar demasiado porque entrar sin saber casi nada sobre los personajes vuelve la experiencia muchísimo más efectiva. Hay un punto donde todo se transforma en algo bizarramente sensorial y caótico. Lo que sí puedo decir es que existen muchísimas subtramas orbitando alrededor del campamento, y eventualmente todos los personajes terminan atrapados dentro de esta pesadilla slasher donde absolutamente nadie parece estar a salvo.

Y honestamente, como fan del género, hay muchas cosas que funcionan.

Las referencias a clásicos como Sleepaway Camp, Viernes 13, Halloween o Scream son constantes, pero la película nunca cae en la simple parodia. Más bien se siente como una directora completamente enamorada del slasher y de todos los códigos que construyeron el género. Además, la película aprovecha esa violencia exagerada para hablar sobre la explotación comercial del horror y la manera en la que Hollywood recicla una y otra vez las mismas propiedades intelectuales.

Y otro de sus mayores aciertos es cómo reinterpreta el slasher desde una mirada queer sin que eso se sienta forzado o utilizado únicamente como decoración narrativa. Está integrado dentro de la identidad misma de la película y de sus personajes.

El problema es que todo eso sucede al mismo tiempo. Y ahí fue donde la película empezó a perderme un poco. Porque mientras intenta ser un slasher sangriento, también quiere convertirse en una experiencia contemplativa, psicológica y metatextual sobre la explotación del horror moderno. Son tantas ideas conviviendo al mismo tiempo que, por momentos, la película se siente saturada. Hay escenas donde parece avanzar con energía brutal y otras donde el ritmo se detiene por completo para quedarse observando sus propios temas. Entonces termina generando una experiencia extraña donde mi cerebro pasaba de la fascinación absoluta al agotamiento total en cuestión de minutos

Pero quizá esa incomodidad también es parte del punto. Porque Teenage Sex and Death at Camp Miasma no quiere ser un slasher convencional ni una película fácil de consumir. Quiere incomodar, provocar y jugar con el mismo tipo de obsesión enfermiza que el horror ha construido durante décadas. Y aunque no siempre logra equilibrar todas sus ideas, sí consigue convertirse en una de las propuestas más raras, violentas y fascinantes que pasaron este año por Cannes.