Chicas tristes
Críticas
2,5
Regular
Chicas tristes

Crítica de 'Chicas tristes' : La sutileza frente al trauma adolescente y sus tropiezos narrativos en FICM 2026

por Uriel Linares

La narrativa tradicional sobre la violencia sexual suele concentrar su foco de manera casi exclusiva en el suceso violento o en una espiral inmediata de autodestrucción y venganza. En contrapropuesta, Chicas tristes, el primer largometraje de Fernanda Tovar, busca desmarcarse de las convenciones melodramáticas habituales para explorar las esquirlas emocionales que quedan en el entorno más íntimo de quien sufre una agresión.

Chicas tristes
Chicas tristes
Dirigida por Fernanda Tovar
Con Mónica Del Carmen, Ayax

La trama sigue a dos amigas adolescentes interpretadas por Rocío Guzmán y Darana Álvarez, quienes parecieran tener vidas comunes, marcadas por salidas cotidianas y proyectos propios de su edad. Esa normalidad se quiebra abruptamente durante una fiesta juvenil cuando Paula es víctima de abuso sexual a manos de un chico por el que sentía atracción.

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A partir de ese momento, el filme renuncia a los recursos escandalosos para retratar el duelo interno de Paula y, sobre todo, el papel de su mejor amiga, quien asume la misión de sostenerla anímicamente, evitar que caiga en el abismo y buscar por sus propios medios que el agresor responda por sus actos. La gran virtud temática de la cinta es precisamente entender que el abuso no culmina en el cuerpo agredido: se propaga como un eco sordo hacia quienes aman y cuidan a la víctima, transformando la amistad en un trinchera de resistencia afectiva.

La apuesta por la sutileza frente al riesgo del letargo

En lugar de construir secuencias estridentes cargadas de llantos desgarradores o estallidos histriónicos, la realizadora elige un tono sumamente contenido, reposado y lleno de silencios. Hay un intento evidente por apostar por un cine sensorial que capture la sencillez de la juventud, el peso de la cotidianidad y el paso pausado de las horas mientras se procesa un dolor indecible.

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Sin embargo, esta búsqueda de sutileza camina sobre una cuerda floja y no siempre ayuda a la pelúcula. Al erradicar casi por completo la tensión dramática, la película cae en una marcada falta de energía tanto en el pulso narrativo como en la progresión dramática. Lo que en el papel se plantea como una decisión autoral para evitar el morbo, en pantalla se traduce en un ritmo conservador y por momentos excesivamente aletargado, donde la contención acaba por asfixiar la vitalidad del relato en vez de potenciarla.

Tropiezos visuales: la monotonía de una estética limitada

El flanco más endeble de Chicas tristes radica en su puesta en imágenes. El concepto visual de la película se percibe estrecho y reiterativo, con una fotografía monótona que no logra dotar de capas ni de textura a la atmósfera suburbana en la que se mueven las protagonistas.

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El encuadre y la composición visual resultan demasiado predecibles, apelando a planos fijos y recursos que rozan lo amateur sin justificación estética aparente. Al carecer de una propuesta cinematográfica dinámica o poética que acompañe el mutismo de los personajes, la narrativa visual se vuelve plana. La falta de riesgo técnico termina por restarle fuerza estética a una historia que requería un ojo mucho más riguroso para sostener sus prolongados silencios sin volverse tediosa para el espectador.

Un guion que roza la superficie y actuaciones funcionales

El libreto muestra limitaciones palpables al momento de profundizar en las secuelas complejas de una agresión sexual. La cinta esquiva la exploración del desgaste físico, psicológico y social que atraviesa una adolescente violentada y su círculo familiar, sustituyendo ese abismo emocional por una aparente y extraña tranquilidad que se siente más fruto de un guion inconcluso o temeroso de raspar la herida que de una deliberada genialidad de contención.

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En el plano actoral, las dos protagonistas logran mantener el barco a flote gracias a la naturalidad de su complicidad juvenil, desempeñando una labor adecuada y decorosa para lo que exige el tono intimista del proyecto. No obstante, sus interpretaciones se quedan en un plano netamente funcional: cumplen con lo trazado en la página para que la trama avance, pero sin alcanzar esos matices de brillantez o desgarro interno que hubieran elevado el impacto emocional de la propuesta.

Chicas tristes se sostiene como un testimonio valiente dentro de la competencia oficial del FICM por su negativa a convertir el sufrimiento femenino en un espectáculo amarillista, eligiendo en su lugar poner el foco en la empatía y la lealtad fraterna de quien acompaña en el dolor. Sin embargo, sus notorias carencias en la propuesta visual, el ritmo cansino y un guion que se queda en la antesala de profundizar en el duelo impiden que la película consolide toda la fuerza visceral y cinematográfica que prometía su premisa.

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