Beautiful Boy: siempre serás mi hijo
Críticas
2,5
Regular
Beautiful Boy: siempre serás mi hijo

Padre e hijo contra la metanfetamina

por Tamara Cuevas

David Sheff le canta Beautiful boy, de John Lennon, a su pequeño de 4 años que está a punto de quedarse dormido. “Cierra los ojos, no tengas miedo, el monstruo se ha ido. Ha escapado y tu papi está aquí.” Lo que David no sabía era que en el futuro, habría un monstruo en la vida de su hijo Nic, al que no podría ahuyentar: la metanfetamina.

Beautiful Boy, protagonizada por Steve Carell y el actor en ascenso Timothée Chalamet, se centra en la caída en espiral de una joven promesa de la literatura a manos de las drogas, en específico, de la sustancia que casi ha triplicado su popularidad entre los jóvenes de Estados Unidos en los últimos años.

 

 

La cinta fue dirigida – sin mucho éxito en la temporada de premios, a excepción de algunas nominaciones para Chalamet – por Felix Van Groeningen (Bélgica, 1977) y es una fusión entre las memorias de David Sheff, periodista free lance que ha escrito para medios como Rolling Stone, The New York Times y Wired, y de Nic Sheff, escritor y exconsumidor de drogas: Beautiful Boy: A father’s journey through his drug addiction y Tweak: Growing up on methamphetamines, respectivamente. Ambas historias se entrelazan en el largometraje con el fin de retratar no sólo la vida de un adicto, sino las consecuencias indirectas que su adicción tiene en el acontecer diario de aquellos que los rodean: padres, amigos, parejas, mentores, hermanos...aunque no lo cumplen del todo.

Beautiful Boy es una de esas películas que cae en su propia trampa melodramática y queda atrapada en el loop de su narrativa. Siendo ésta la historia de un drogadicto, es totalmente normal que se quiera mostrar todas las veces que sufre recaídas durante su rehabilitación, pero la forma en que el director nos encamina hacia estos supuestos puntos álgidos del filme es siempre la misma, lo que convierte al largometraje en algo predecible.


La estructura narrativa de la cinta abusa de las secuencias alternadas, lo que en algunos momentos puede jugar en contra del espectador y confundirle al momento de descifrar si lo que se está mostrando pasó hace un mes o un año. Otro desacierto que han cometido los guionistas de Beautiful Boy - Luke Davies y el propio Van Groeningen - es nunca explicarnos el verdadero motivo de la adicción de Nic, por lo que, al darle demasiado peso a sus preferencias musicales o culturales mientras crece, orillan al espectador a pensar que si el chico de pronto sintió curiosidad por probar cualquier droga que pudiese mencionar era porque le gustaba demasiado Nirvana o porque leía al alcohólico de Bukowski

Lo que sí vale la pena en Beautiful Boy es la personificación de Nic Sheff que hace Timothée Chalamet: una actuación ecléctica, encantadora, desgarradora y a veces atemorizante, lo que la convierte en la más seria y vulnerable que ha hecho en su corta pero brillante carrera; sus ojos intensamente verdes pueden pasar, en un segundo, de angelicales a amenazantes, al sentirse acorralado luego de que su padre lo acusa de haber robado dinero de la casa. 

Del otro lado de la pantalla está Steve Carell, cuyo papel pretendía ser el mejor construido. Él sería el padre que sufre en silencio mientras ve que su hijo no llega a casa o que está tirado en un camellón porque ha pasado todo el día drogándose, y aunque su actuación es buena, no resulta del todo convincente, dejando así espacio para que Timothée brille de principio a fin. 

Para el final de la película, Beautiful Boy es víctima de sus trampas narrativas y tiende a tomarse demasiadas licencias dramáticas para mostrar hechos que hubieran sido mucho más impactantes si nos hubieran dejado ver – y sentir – de una manera más directa, la cruda realidad de un adicto y de los que lo rodean. Si bien la cinta cumple con uno de sus propósitos (fungir como un salvavidas para aquellos que están pasado por lo mismo) My addicted son, un artículo de un poco más de ocho cuartillas que publicó David Sheff en The New York Times en 2005, en el que cuenta lo angustiante que era ver cómo su hijo moría poco a poco, resulta ser mucho más conmovedor que las dos horas de película.
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