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    Mudbound: El color de la guerra
    Críticas
    4,5
    Imprescindible
    Mudbound: El color de la guerra

    La guerra está en casa

    por Olivier Fuentes

    Pocos filmes que tratan la temática del racismo están ubicados fuera de la época de la lucha por las libertades civiles en Estados Unidos, desde finales de los años 50 hasta los 70. Pero el racismo ha estado siempre presente en la idiosincrasia del norteamericano, y en el filme Mudbound: El color de la guerra veremos uno muy profundo, el que se encuentra incrustado en el corazón de los Estados Unidos, en el medio rural. Poco importa aquí el sentimiento patriotero, otro de los bastiones en que está fundado el sueño norteamericano. Así que si a finales de la Segunda Guerra Mundial habías peleado en el frente, pero eras afroamericano, ni eso te ganaba el respeto de los sectores más reaccionarios e incultos de la sociedad.

    Desde el principio del filme, la directora Rees consigue crear el lazo empático que debe haber entre el espectador y los personajes a través de reflexiones que estos hacen en off. Conocemos así la problemática y los pensamientos más íntimos de Laura (Carey Mulligan), Jamie (Garret Hedlund), Ronsel (Jason Mitchell), Hap (Rob Morgan) y Florence (Mary J. Blige).

    Así, vemos la historia de dos familias que en el Mississippi de los años 40, comparten varios acres de algodón, y sin embargo, están a merced de la furia de los elementos. Nadie tiene el futuro económico asegurado, pero por lo menos los blancos pueden entrar y salir de las tiendas por la puerta delantera. La familia McAllan está compuesta por Laura, una solterona (para aquella época) de sociedad venida a menos, y Henry (Jason Clarke), un rudo hombre de negocios que acaba de comprar una granja. Ésta resulta estar aislada de la comunidad y carente de electricidad y agua. Sus vecinos y arrendatarios son los Jackson, una familia afroamericana. Los problemas empiezan cuando en cada familia, un miembro regresa de la Segunda Guerra Mundial: Jamie, el hermano de Henry; y Ronsel, el hijo mayor de los Jackson. Debido a la problemática que arrastran desde la guerra, ambos establecen amistad pronto, sin importarle a Jamie que su padre sea un racista recalcitrante.

    El filme es acerca de la guerra, pero no de la Segunda Guerra Mundial, que es la detonante de todo y que, aunque aparece brevemente en pantalla, parece estar siempre presente; sino de la guerra que está en casa. No sólo entre las clases sociales, entre padre e hijo, entre las parejas y por supuesto, entre los colores de piel. Todo ello enfatizado por el brillante score de la música Tamar-kali, que encuentra los tonos precisos para enfatizar el sufrimiento.

    La directora no parece darle tregua a ninguno de los personajes, cada uno vive su propia búsqueda e infierno personal; y sin embargo, al final, les da una oportunidad de encontrar un espacio para la redención. Un filme que sin duda va más allá del simple entretenimiento que puedan proveer sus hermanos de Netflix.

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