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    La Belle époque
    Críticas
    3,5
    Buena
    La Belle époque

    La nostalgia más entretenida del Tour de Cine Francés

    por Tamara Cuevas

    La primera vez que escuché a David Bowie, la primera vez que me enamoré, la primera vez que me rompieron el corazón y lo superé; la primera vez que dormí en casa de mi mejor amiga, la primera vez que publiqué un texto o la primera vez que un diagnóstico médico importante no vaticinaba una muerte próxima como la que había temido son algunos de los momentos en los que sentí tanto alivio y felicidad que me gustaría revivir constantemente. Esa es la premisa de La Belle Époque: el regocijo de saber que existió el pasado y que, de alguna u otra forma, nos hace más liviano el presente.

     

    Dirigida por Nicolas Bedos, La Belle Époque nos presenta a Victor (Daniel Auteuil), un sesentón harto de la tecnología (le grita hasta a la voz del GPS) que se duerme en las fiestas como señal de aborrecimiento hacia sus conocidos, cada vez desespera más a su mujer y está peleado con la globalización y los medios digitales. En realidad, todos hemos experimentado el síndrome de Victor, pero para él todo cambia cuando su hijo le paga un boleto a la atracción más cienciaficcionera del momento: un día entero reviviendo el pasado gracias a un crew de actores y diseñadores de producción que, o bien te transportan a una época que no pudiste vivir o a un momento en específico de tu vida que te gustaría repetir.

    Quien dirige toda esta mentira es Antoine (Guillaume Canet), un hombre que proyecta toda su falsedad en el trabajo que le provee sentido a su vida, dado que la relación amorosa con Margot (Doria Tillier), la mujer que ama, ha alcanzado esos niveles de toxicidad en los que una discusión termina en la destrucción de la cómoda del cuarto. Ella, una talentosa actriz de belleza incomparable, ha decidió regresar a trabajar con él para un último proyecto, la recreación de un café en los años 70, cuando la gente era, aparentemente, más libre y los espacios cerrados un cenicero.

    Con el humor y ritmo que más de la mitad de las comedias románticas estrenadas por año quisieran tener, La Belle Époque te sumerge en un mundo lleno de nostalgia y te sacude hasta que aterrices en el presente, en TU presente. No importa que no hayas vivido en los 70, la cafetería que Victor quiere recrear es importante porque definió el curso de su vida; todos y cada uno de nosotros tenemos nuestra cafetería personal, aquel lugar (o momento) en el que ni siquiera la gravedad pudo traernos de vuelta a la tierra.  

    La premisa suena sencilla pero es la exploración del personaje principal, de sus carencias, sus anhelos y sus lamentos, lo que conecta con el espectador lo suficiente como para que se mantenga atento a la pantalla por dos horas. A ello agreguémosle que las actuaciones de todo el elenco están perfectamente calibradas y definidas, entendemos cuáles son los conflictos de cada uno y somos testigos de su recorrido hasta satisfacer o no sus necesidades.

    Si bien La Belle Époque parece una película palomera más, ofrece calidad, ritmo y un guion tan bien construido que es imposible no engancharte al sentimiento nostálgico que desprende, justo en temporadas en las que pareciera que nuestras mentes viven anhelando las épocas prepandemia, aquellas cuando uno salía a la calle, abrazaba extraños y la vida no asemejaba a una película en pausa.

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