Esta es una cinta que muchos vieron de niños y entendieron de adultos. Y que demuestra que, cuando la animación se toma en serio a sí misma, puede convertirse en arte.
Cuando pensamos en animación noventera, casi siempre aparece el mismo nombre: Disney. Hércules, Pocahontas y El Rey León, con sus canciones pegajosas, colores brillantes y héroes carismáticos. Fue una época dorada pero no fue la única voz en el panorama de la animación.
Mientras el gigante de la Casa del Ratón dominaba taquillas, otros estudios también estaban contando historias ambiciosas. Ahí están Anastasia y Balto, películas que demostraron que la animación podía salirse del molde clásico y explorar territorios distintos, incluso más oscuros.
Y en medio de esa competencia apareció una obra que no solo buscaba entretener, sino trascender. Una película que trató un relato bíblico con una solemnidad visual y musical pocas veces vista en dibujos animados.
Una historia más grande que la pantalla
La película es El príncipe de Egipto, una de las primeras grandes apuestas de DreamWorks Animation. Y desde su primera escena deja claro que no estamos ante un cuento infantil convencional.
Todo comienza con una madre hebrea, Yocheved, tomando una decisión desgarradora. Sin poder ofrecerle seguridad a su hijo, lo coloca en una cesta y lo deja flotar por el Nilo con la esperanza de que sobreviva.
La canasta llega hasta el palacio real, donde la reina encuentra al bebé y decide adoptarlo. Lo llama Moisés. A su lado crece Ramsés, heredero del trono. Los dos se vuelven inseparables, comparten bromas, retos y una amistad genuina. Pero el destino no tarda en intervenir.
Hermanos destinados a enfrentarse
Con el paso de los años, Moisés descubre su verdadero origen. No es hijo de la realeza egipcia: es hebreo, parte de un pueblo esclavizado. Y ese hallazgo lo cambia todo.
Mientras Ramsés asciende al trono como gobernante del imperio más poderoso del mundo antiguo, Moisés acepta su llamado como líder de los oprimidos. Lo que alguna vez fue amistad se convierte en confrontación.
La película, basada en el Libro del Éxodo de la Biblia, retrata el enfrentamiento entre ambos no solo como un conflicto político, sino como un choque íntimo entre dos hombres que se quieren, pero representan mundos opuestos.
Animación que no trata al público como niño
El príncipe de Egipto no simplifica la historia ni suaviza el dolor. Las plagas, el sufrimiento del pueblo hebreo, la tensión entre los personajes, todo está presentado con respeto y seriedad.
La secuencia del Mar Rojo sigue siendo una de las más impresionantes visualmente en la historia de la animación tradicional. No solo por la técnica, sino por la carga emocional que transmite. Además, la banda sonora elevó la narrativa a un nivel casi operístico.
Una apuesta arriesgada que valió la pena
En 1998, adaptar un relato bíblico en formato animado era una jugada arriesgada. No era la típica historia de animales parlantes o princesas buscando amor. Pero DreamWorks entendió algo fundamental: la animación no es un género, sino un medio.
Se pueden contar historias ligeras pero también puede abordar épicas espirituales, dilemas morales y conflictos humanos profundos. Y con los años, El príncipe de Egipto ha sido revalorizada como una de las mejores películas animadas de su generación. No solo por su calidad técnica, sino por su valentía narrativa.