Lo que hoy se ve como una máquina perfecta de suspenso, en realidad nació de problemas técnicos, retrasos y un joven director convencido por ratos de que estaba hundiéndose junto con su película.
Hay películas que nacen grandes y hay otras que, con el paso del tiempo, se vuelven gigantes. Tiburón pertenece a la segunda categoría. Hoy se le recuerda como una de las cintas que cambió Hollywood para siempre y el tipo de fenómeno que ayudó a definir eso que ahora llamamos blockbuster de verano. Pero en su momento Steven Spielberg no estaba precisamente nadando en confianza.
Y es que visto desde fuera todo se siente imposible: tiburón, playa y caos. Pero mientras la estaba filmando, Spielberg no tenía manera de saber que estaba construyendo una leyenda. De hecho, años después ha contado que el rodaje fue tan pesado que acabó emocionalmente molido, convencido por momentos de que aquello podía salir muy mal.
Lo mejor de la historia es que el momento en que empezó a sospechar que Tiburón sí podía convertirse en un fenómeno no llegó gracias a una ovación, ni a una crítica brillante. Llegó cuando un espectador salió disparado del cine en una función de prueba en Dallas y terminó vomitando en el lobby. Así de elegante fue la revelación.
El susto que primero pareció mala señal
Spielberg contó esa anécdota recientemente durante una conversación en SXSW con The Big Picture. Ahí recordó que no entendió realmente lo que tenía entre manos hasta esa proyección previa en Dallas, en el Medallion Theatre, cuando por fin pudo medir la reacción del público real frente a una película que venía de una producción con accidentes.
Todo ocurrió durante una de las escenas más fuertes de la película: la muerte del niño Alex Kintner. Spielberg vio que un hombre se levantó de su asiento y pensó lo peor, que era su primera señal de que la película quizá se había pasado de la raya. El tipo de momento que a cualquier director le congela la sangre.
Pero no. El espectador no se fue porque ya no aguantara la película en plan de horror: se fue porque literalmente le dio asco, corrió hacia el baño. Lo peor es que no alcanzó a llegar y vomitó en el piso del lobby. Spielberg lo vio todo pensando de todo.
El instante en que todo cambió
La parte gloriosa vino después. Unos minutos más tarde, el mismo hombre regresó a su butaca para terminar de ver la película. Y ahí, según contó Spielberg, fue cuando entendió que tenían un hit entre manos. Porque una cosa es provocar una reacción física tan fuerte, y otra muy distinta es que, aun después de eso, el espectador no quisiera perderse el resto.
La reacción le dio a Spielberg una especie de termómetro brutalmente claro sobre lo que tenía entre manos. No una película cómoda ni una aventura playera más, sino una experiencia que alteraba al público de manera física y emocional. Justo ahí empezó a ver que Tiburón podía convertirse en algo muchísimo más grande que una cinta de terror veraniega.