Hay trilogías hechas para divertir, otras para emocionar y unas pocas para cambiar la forma en que miramos el cine. Esta pertenece a la última categoría.
Lo mejor del cine siempre viene en tres. Ahí están El Padrino de Francis Ford Coppola, El Señor de los Anillos de Peter Jackson y Volver al futuro de Robert Zemeckis, por mencionar apenas algunas trilogías que se volvieron parte de la cultura popular. Tres películas, tres tiempos, tres oportunidades para ver cómo una historia crece y encuentra su cierre.
Pero no todas las trilogías buscan el mismo tipo de grandeza. Algunas conquistan por la aventura, otras por sus personajes inolvidables y otras por convertirse en una experiencia que exige paciencia y cierta disposición. En el cine bélico existe una que no se parece mucho a las demás: dura casi diez horas y no mira la guerra como espectáculo, sino como una trituradora moral.
Una trilogía japonesa monumental
La obra es La condición humana, trilogía japonesa dirigida por Masaki Kobayashi entre 1959 y 1961. Sus tres partes son No hay amor más grande, El camino a la eternidad y La plegaria del soldado, y juntas forman una epopeya de alrededor de nueve horas y media centrada en Kaji, un japonés pacifista atrapado en la maquinaria imperial durante la Segunda Guerra Mundial.
La historia está basada en la novela de seis volúmenes de Junpei Gomikawa y sigue a Kaji desde su trabajo como supervisor en un campo laboral en Manchuria hasta su paso por el ejército japonés y, más tarde, su experiencia como prisionero soviético. No es una aventura militar con héroes impecables: es el recorrido de un hombre que intenta conservar algo de humanidad en un sistema diseñado para aplastarla.
Kaji, interpretado por Tatsuya Nakadai, no es un soldado glorioso ni un mártir sencillo. Es idealista, terco, ingenuo a ratos y profundamente incómodo para todos los que prefieren obedecer sin hacer preguntas. Su tragedia está en querer hacer lo correcto dentro de una estructura donde la compasión se castiga como debilidad.
La guerra sin épica ni consuelo
Kobayashi no filma la guerra como una colección de batallas emocionantes. La filma como una cadena de abusos, silencios, humillaciones y decisiones imposibles. En la primera parte, Kaji intenta mejorar las condiciones de trabajadores chinos explotados en una mina de la Manchuria ocupada; en la segunda, el ejército lo absorbe; en la tercera, la derrota lo empuja a un territorio todavía más desolador.
El director sabía de lo que hablaba. Kobayashi fue reclutado por el Ejército Imperial Japonés durante la Segunda Guerra Mundial y enviado a Manchuria. Era pacifista, rechazaba la ideología militarista de su país y nunca quiso ascender más allá del rango de soldado raso. Su experiencia personal le da a la trilogía una rabia muy particular de memoria herida.
Con las vivencia de Kobayashi, La condición humana pesa porque mira de frente la complicidad, la cobardía, la obediencia y la forma en que una nación puede convertir a sus ciudadanos en piezas de una violencia mayor. Es cine antibélico en el sentido más duro: no solo denuncia la guerra, también incomoda a quienes quisieran verla desde una distancia cómoda.
Una experiencia de casi diez horas que vale el esfuerzo
La duración puede asustar. Casi diez horas suenan más a compromiso de fin de semana que a película, y en parte lo son. Pero La condición humana no es larga por capricho. Su tamaño permite ver cómo el idealismo de Kaji se desgasta poco a poco, cómo el horror cambia de forma y cómo cada etapa del viaje deja una marca distinta en su cuerpo y en su mirada.
También es una obra visualmente impresionante. Kobayashi filma rostros agotados, espacios enormes, filas de hombres sometidos y paisajes donde la escala humana parece cada vez más pequeña. No es una trilogía para ver con prisa ni para poner de fondo mientras haces otra cosa. La condición humana pide atención, paciencia y estómago.