Hoy, esta cinta ocupa un lugar curioso en la carrera de Robin Williams. En la pantalla todo parecía caricatura. Fuera de ella, Hollywood estaba haciendo de las suyas.
Algunas películas familiares tienen una vida secreta mucho más rara de lo que dejan ver en pantalla. Suele pasar con esas producciones que uno recuerda por sus colores, sus canciones, sus personajes exagerados o por la cara de algún actor capaz de convertir cualquier locura en algo entrañable. Robin Williams fue uno de esos nombres: podía estar en Jumanji, Hook o Papá por siempre y, de pronto, todo se sentía tierno, caótico y familiar.
Su energía siempre tuvo algo imposible de encasillar. Williams podía hablar a una velocidad absurda, improvisar con gestos y llenar una escena con explosiones de comedia física. Por eso resulta tan extraño enterarse que en una de sus primeras grandes apuestas en cine había un desorden afuera de la pantalla. La película quería ser una aventura musical para todo público, pero el rodaje terminó convertido en una de esas historias tipo Hollywood.
El marinero más famoso llegó al cine con un caos enorme
La película era Popeye, estrenada en 1980, dirigida por Robert Altman y protagonizada por Robin Williams como el famoso marinero amante de las espinacas. Sobre el papel, el proyecto tenía todo para funcionar como una historia familiar: un personaje reconocido por varias generaciones, Shelley Duvall como Olivia, canciones de Harry Nilsson y un director con una mirada muy particular. La idea era llevar al cine de acción real ese universo con casas torcidas, personajes caricaturescos y un pueblo construido para parecer salido de otro mundo.
El problema fue que ese mundo también parecía haberse salido de control. Barry Diller, exdirector de Paramount Pictures, recordó años después que el set de Popeye fue uno de los más desbordados que visitó durante su etapa en el estudio. Durante una charla con Anderson Cooper, el ejecutivo aseguró que el ambiente estaba marcado por el consumo de drogas y soltó una frase que resume a la perfección: "todos estaban drogados".
Diller también contó que la producción, filmada en Malta, enviaba latas de película de regreso a Los Ángeles para el revelado diario del material. Según su versión, esas mismas latas habrían sido utilizadas para transportar cocaína de un lado a otro. La imagen suena casi como una parodia de Hollywood: una película sobre un marinero infantil, un set construido como pueblo de fantasía y, detrás, una logística criminal.
Robin Williams todavía estaba encontrando su lugar
Para Robin Williams, Popeye llegó en un momento clave. Venía de explotar en televisión gracias a Mork & Mindy, donde su estilo acelerado y extraterrestre lo convirtió en una figura imposible de ignorar. El salto al cine con un personaje tan físico parecía lo lógico: Popeye hablaba raro, caminaba raro, se movía como caricatura y exigía una energía casi inhumana. Williams tenía justo eso.
La película, sin embargo, no lo convirtió de inmediato en el rey del cine familiar. La recepción fue complicada y durante años Popeye cargó con fama de proyecto fallido, demasiado raro para los niños y demasiado infantil para ciertos adultos. Con el tiempo, la percepción cambió un poco. Muchos la miran hoy como una rareza de culto, un experimento visual torcido, lleno de decisiones extrañas y con una Shelley Duvall que parece haber nacido para interpretar a Olivia.
Hoy, el caso de Popeye tiene algo profundamente contradictorio. La película quería vender fantasía, canciones, romance torpe y aventuras para todo público. Pero su producción terminó asociada con excesos muy propios del Hollywood de aquella época. La distancia entre lo que se ve y lo que ocurría alrededor la volvió más extraña con los años. Casi parece imposible separar al marinero de espinacas de la historia del set donde, según Diller, la cocaína circulaba con demasiada facilidad.