El hilo conductor del proyecto no solo retrata el sacrificio laboral en las plataformas de México, sino que también recupera un anhelo de la niñez para enfrentar la majestuosidad y el peligro de las imponentes estructuras de acero en medio del mar.
El arte documental a menudo nace de las inquietudes más íntimas y profundas de la infancia, transformando los recuerdos familiares en potentes reflexiones sociales sobre la condición humana. En el marco del lanzamiento de su ópera prima, la cineasta tabasqueña Vania Carolina Quevedo Priego ha revelado la fascinante carga simbólica que atraviesa su largometraje documental titulado "Mi sangre es petróleo", un proyecto cuya gestación requirió cerca de una década de arduo trabajo creativo e investigación en las comunidades de Macuspana, Paraíso y Centla.
A través de una narrativa profundamente visceral que explora las ausencias de los trabajadores petroleros y las implicaciones de esta industria en el estado de Tabasco, la realizadora conecta su propia biografía con el imaginario colectivo de la región. El hilo conductor del proyecto no solo retrata el sacrificio laboral en las plataformas del Golfo de México, sino que también recupera un anhelo de la niñez para enfrentar la majestuosidad y el peligro de las imponentes estructuras de acero en medio del mar.
La cineasta mexicana presentara su primer largometraje documental en uno de los espacios más importantes de México, el Festival de Cine de Morelia (FICM) 2026, que se llevará a cabo del 16 al 25 de octubre de 2026 de forma presencial en Morelia y Pátzcuaro.
Entre la ilusión de la infancia y la confrontación con un coloso industrial
Durante una emotiva conversación con SensaCine México sobre el significado de las metáforas visuales en la cinta, Vania Carolina Quevedo Priego profundizó en la figura mítica que recurre de forma constante a lo largo de la historia y que sirvió como un puente emocional para reconectar con la figura de su padre durante las largas ausencias provocadas por el trabajo en alta mar.
"Para mí cuando yo era niña, yo como creció con esto del mar, de que mi papá se va a la plataforma, la plataforma está en el mar, yo soñaba justamente con esto de voy a ser una sirena y me voy a ir nadando a buscar a mi papá. Entonces es como el sueño de la niña de cómo hacer ese sueño de la niña en realidad", compartió la cineasta sobre la chispa inicial que dio origen a la metáfora central de su película.
Esa fantasía infantil terminó por convertirse en una vivencia catártica cuando la directora logró sumergirse en las profundidades del océano para encarar cara a cara a la estructura petrolera en su etapa adulta, un hito que marca el clímax emocional de la producción cinematográfica.
"No era un simple sueño de una niña, sino también es todo lo que representa esa plataforma; representa a mi papá, representa a mi familia, representa a mi pueblo, tierra, a todas las personas que han sufrido con relación al petróleo, a los fallecidos de los accidentes, como explosiones. Estar ahí abajo de la plataforma fue como sentir justamente esa paz que calmó todo y observar toda la vida que estaba debajo de ella, todos esos peces, entonces fue un momento muy catártico para mí", detalló conmovida sobre la experiencia submarina.
Por su parte, el productor del largometraje, Omar Lara, reflexionó sobre las dimensiones ecológicas y filosóficas que se desprenden de la visión de la directora, cuestionando el impacto de la actividad extractiva en los ecosistemas marinos y la propia identidad comunitaria.
"A las sirenas se les ha, desgraciadamente, desgarrado de su propio mar. Cuando llega este monstruo enorme y también le quiere arrebatar a su padre, pues es terrible. Para mí lo que me deja esta película es qué es ser humano y si vale la pena o no tener este tipo de industrias en la forma en la que están construidas, tan cerca de las comunidades que en principio son afectadas", aportó el productor sobre las inquietudes que plantea "Mi sangre es petróleo".
Respaldada por el IMCINE, el FONCA y la asesoría del cineasta polaco Lech Kowalski, la obra de Vania Carolina Quevedo Priego y Omar Lara no solo dignifica el oficio de miles de familias mexicanas, sino que logra transformar un trauma de infancia en una obra cinematográfica perdurable sobre la memoria, el amor filial y la resistencia.