Utiliza la sátira para homenajear al cine mexicano y reírse de sus propios clichés
por Nath RodríguezDe la mano del director de Señora Influencer y Chilangolandia, Carlos Santos llega a los cines con Loco México Mágico, una historia que tardó siete años en escribirse y que busca poner en el escenario las producciones mexicanas y el cine mexicano, bajo el ya característico sello de humor absurdo que caracteriza a nuestro país.
La cinta combina comedia y drama para hablar de identidad, pertenencia y de la manera en que los mexicanos se miran a sí mismos. Santos toma precisamente el sentimiento de pertenencia y pone sobre la mesa el verdadero significado de lo que realmente representa un país y qué tanto de la imagen que construimos de México termina siendo una versión exagerada de nosotros mismos.
Protagonizada por Silverio Palacios, Daniel Sosa y Sofía Carrera, la historia se desarrolla en el pequeño pueblo de Alvarado, Veracruz, donde el ingenuo y excéntrico alcalde Benito decide llevar más allá su campaña política para gobernador y hacer una producción cinematográfica al estilo de Hollywood para catapultar el turismo de la región. Con la ayuda de Juan y Pancho, dos jóvenes amantes del cine que se dedican a hacer videos de eventos, pone en marcha el plan. Con mucha improvisación logran sacar adelante su producción, hasta involucrar a la estrella internacional Melinda. Sin embargo, como era de esperarse, pronto comienzan a surgir los problemas.
Una película dentro de otra película
Si bien la película mantiene el sello característico de Santos, Loco México Mágico encuentra una de sus ideas más interesantes al contar una historia sobre una película mientras vemos cómo se hace esa misma película dentro de la ficción. Por un lado, seguimos los problemas que Juan y el pueblo de Alvarado deben enfrentar para levantar una producción desde cero, cuando nadie sabe realmente cómo hacer cine ni todo lo que implica llevar una idea a la pantalla. Por otro lado, la película que están intentando realizar sirve como una herramienta para hablar de apropiación cultural, racismo y nacionalismo, a través de la historia de una misteriosa piedra que supuestamente contiene toda la esencia de los mexicanos.
Esta producción ficticia se convierte así en un reflejo de la propia película. Mientras los personajes intentan construir una historia sobre México para venderla al mundo, Santos aprovecha para cuestionar las imágenes que durante años hemos utilizado para representar nuestra propia identidad.
Después de ver el tráiler, uno podría pensar que estamos ante otra producción mexicana llena de clichés. Y no es que no los tenga, pero todo nace de una inquietud que el director mantiene desde sus primeros trabajos: hablar de México sin reducirlo a una colección de imágenes ya conocidas. Santos incluso utiliza esos mismos clichés a su favor para llevarlos al extremo.
El personaje de Silverio Palacios, por ejemplo, podría parecer inicialmente el típico político corrupto, pero termina siendo mucho más ingenuo que eso. Benito realmente cree que hacer una película de Hollywood es prácticamente como hacer enchiladas, y esa ingenuidad termina siendo diferente de algunas de las sátiras políticas que ya hemos visto en el cine mexicano.
El cine visto desde quienes intentan hacerlo
Otro de los elementos que mejor funcionan es precisamente la manera en que se utiliza la propia producción ficticia para mostrar lo complicado que puede ser hacer cine en México. Los problemas de presupuesto, los tiempos imposibles, las condiciones precarias y la constante necesidad de resolver las cosas sobre la marcha forman parte de la historia, pero también funcionan como una mirada bastante cercana a las dificultades que existen detrás de una producción.
Y aunque la película se burla constantemente de estas situaciones, también existe cierto cariño hacia quienes están detrás de ellas. Los personajes pueden no saber exactamente qué están haciendo, pero ponen todo lo que tienen para sacar adelante la película. Ahí es donde Loco México Mágico encuentra uno de sus puntos más humanos: no se trata únicamente de hacer cine, sino de encontrar una manera de contar una historia incluso cuando no se tienen todas las herramientas para hacerlo.
En ese sentido, el debut actoral del standupero Daniel Sosa resulta bastante convincente. Su personaje funciona como ese amateur del cine que se encuentra atrapado en una situación que requiere mucho más temple del que aparentemente tiene. Junto a Fernando Cuautle, consigue aportar esa sensación de cercanía que la producción busca transmitir, mientras que el resto del elenco ayuda a mantener el tono exagerado y caótico de la historia.
Una sátira que también cuestiona nuestra propia mirada
Más allá de hacer una comedia, también existe una crítica social que resulta imposible ignorar. Dentro de la propia ficción que construyen los personajes, la película que intentan realizar utiliza el orgullo nacional y la idea de “chingarse a los gringos” como motor de su historia, convirtiendo al extranjero en el villano y utilizando la propaganda para construir una versión conveniente de México.
La decisión funciona como una forma de mostrar cómo los discursos nacionalistas pueden terminar construyendo una imagen igualmente simplificada de aquello que pretenden defender. Y en un contexto donde la relación con Estados Unidos vuelve a ocupar buena parte de la conversación pública, la sátira encuentra una situación bastante actual y llamativa.
Al final, Loco México Mágico puede caer en algunos momentos y no todas sus ideas pueden desarrollarse como se esperaría, pero hay algo que resulta difícil negar: su corazón está en el lugar correcto. Carlos Santos utiliza nuevamente la comedia para hablar de cómo vemos a México, cómo queremos que los demás lo vean y, sobre todo, cómo nosotros mismos hemos aprendido a representarlo.
Quizá la película no consiga escapar por completo de algunos de los clichés que intenta evitar, pero justamente ahí está parte de su encanto. No pretende cambiar todo lo que ya conocemos del cine de nuestro país, sino que prefiere reírse de nosotros, de ellos y de la manera en que intentamos contar nuestras propias historias.
Y en una película que habla precisamente sobre intentar hacer cine con lo que se tiene, parece una decisión bastante correcta.