Hay que te toman de la mano y poco a poco te llevan a su mundo. Y luego están esas otras que te agarran del cuello desde el primer minuto, sin advertencia alguna. Aunque Hollywood ha perfeccionado durante décadas el ritmo, la edición y la violencia estilizada, de vez en cuando, aparece una película fuera de ese sistema que demuestra que no se necesita un gran estudio para ser devastador.
En muchas cintas de crimen estadounidenses, la violencia termina siendo parte del show. Sin embargo, en esta historia no hay tiempo para romantizar nada. La violencia es cotidiana, caótica y profundamente injusta. No se construye para impresionar, sino para mostrar cómo se filtra en la vida diaria hasta normalizarse.
La favela como epicentro de una tragedia imparable
La película es Ciudad de Dios, dirigida por Fernando Meirelles y Kátia Lund. Considerada una de las grandes obras maestras del cine latinoamericano, esta cinta narra cómo las vidas de múltiples personajes se cruzan a lo largo de tres décadas en uno de los barrios más pobres y violentos de Brasil.
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Todo comienza en los años 60, cuando el gobierno construye una favela para reubicar a personas que se han quedado sin hogar. El problema es que ese "nuevo comienzo" llega sin servicios básicos: no hay luz, gas ni calles pavimentadas. El abandono institucional es total, y en ese vacío, el crimen encuentra terreno fértil.
El crimen como estructura social
Con el paso del tiempo, pequeños delincuentes comienzan a organizarse. Roban camiones de gas, asaltan y controlan zonas. Paradójicamente, algunas de sus acciones benefician a la comunidad más que el propio Estado. Ese matiz es clave: aquí no hay villanos simples. Hay un sistema que empuja a sobrevivir como se pueda.
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Entre ese grupo destaca Dadinho, un niño que desde muy pequeño muestra una violencia inquietante. No roba por necesidad, sino que mata por deseo. En contraste con Dadinho está Buscapé, hijo de un pescador pobre, tímido y observador. Mientras otros empuñan armas, él sueña con una cámara. Quiere ser fotógrafo, contar historias y sin saberlo, se convierte en los ojos del espectador dentro de la favela.
A través de su lente, vemos cómo el crimen crece, cómo los niños se convierten en soldados, cómo la violencia se vuelve rutina. Buscapé no es un salvador: es un testigo. Y esa distancia es lo que hace que todo resulte aún más poderoso.
Más dura que cualquier blockbuster
Comparada con muchas cintas de crimen hollywoodenses, Ciudad de Dios golpea más fuerte porque no ofrece escapatoria. No hay redención fácil ni finales cómodos. Hay ciclos que se repiten, violencia que se hereda y una sensación amarga de que todo pudo haber sido distinto pero no lo fue.
Es cine que incomoda, duele y se mueve rápido porque la vida ahí nunca esperó a nadie. Más de veinte años después, Ciudad de Dios sigue siendo referencia obligada. No solo por su técnica impecable, sino por su honestidad brutal. Es una película que no envejece porque las realidades que muestra siguen existiendo.