El cine lleva años obsesionado con los ricos. Desde cómo viven, cómo hablan, qué comen y, sobre todo, con cómo se comportan cuando nadie los está mirando. Ahí están excesos descarados como El lobo de Wall Street, fantasías glamorosas y románticas al estilo de Locamente millonarios o radiografías sociales aclamadas como Parásitos.
A su manera, todas usan el dinero como detonante del caos, deseo y la desigualdad. Algunas lo hacen desde el exceso, otras desde la crítica. Pero hay una película que decidió ir más lejos. Una que no solo se burla de los millonarios, sino que los arrastra por el piso hasta que no queda nada del glamour.
El crucero donde todo se va a la borda
La película es El triángulo de la tristeza, escrita y dirigida por el cineasta sueco Ruben Östlund, el mismo detrás de The Square. Aquí seguimos a una pareja de modelos jóvenes, bellos y cotizados, invitados a un exclusivo crucero de lujo junto a multimillonarios, magnates y figuras empresariales que viven en una burbuja absoluta.
El antepenúltimo mohicano
Todo parece una fantasía hasta que el barco entra en una zona peligrosa, famosa por desapariciones, sufre un incidente y termina hundiéndose. Algunos pasajeros, entre ellos, los modelos, varios millonarios y una señora de la limpieza, logran sobrevivir y llegar a una isla desierta. Y ahí es donde la película se vuelve todavía más cruel.
El dinero no sirve para pescar
En la isla, las reglas cambian. Los millonarios, acostumbrados a mandar, no saben hacer nada, ni pescar, encender fuego ni organizarse. No tienen idea de cómo sobrevivir sin que alguien más lo haga por ellos. En cambio, la señora de limpieza, invisible durante el crucero, es la única que sabe conseguir comida.
Screen Rant
De pronto, el poder cambia de manos y el estatus se redefine. Y lo que antes era jerarquía económica se convierte en algo mucho más básico: quién puede mantener a los demás con vida.
Una sátira sin héroes
Aquí no hay personajes "buenos", sino que todos son ridículos a su manera. Incluso quienes terminan en el poder no son idealizados. La película no propone una moraleja sencilla ni un mensaje reconfortante. Solo expone lo frágil que es el orden social cuando se quitan los privilegios.
Aunque tiene momentos muy graciosos, esta no es una comedia convencional. Es una sátira afilada, incómoda y deliberadamente excesiva. Cada escena está diseñada para que te cuestiones algo: el dinero, el poder, la belleza y la utilidad social.
¿Por qué vale la pena verla? Porque no se parece a nada, se atreve a ser desagradable y se ríe de los intocables. Y sobre todo, porque demuestra que el lujo es una ilusión muy frágil cuando desaparecen las comodidades básicas.