Durante décadas, El exorcista fue la vara con la que se midió todo el cine de terror. No importaba cuántos demonios aparecieran en pantalla ni cuántos gritos se escucharan en la sala: si no te dejaba marcado como esa película, entonces no daba tanto miedo.
El problema es que ese estándar también nos hizo olvidar algo importante. El terror no siempre necesita posesiones explícitas, vómitos verdes o rituales religiosos. A veces, lo verdaderamente perturbador se esconde en lo cotidiano.
Y México, mucho antes de que el terror psicológico estuviera de moda, ya se había estrenado una película que entendía perfectamente ese lenguaje. Una cinta que usó la infancia como el vehículo perfecto para algo profundamente inquietante.
La inocencia como puerta a lo macabro
La película es El libro de piedra, estrenada en 1969 y considerada una de las obras más perturbadoras del cine de terror mexicano. Aquí seguimos a Julia Septién, una reconocida institutriz interpretada por Marga López, quien es llamada para cuidar a Silvia, la hija de un acaudalado empresario.
Fonógrafo 690 AM
Silvia se ha comportado de forma extraña desde que se mudó con su padre y su nueva esposa a una enorme casona en el campo. La niña asegura que tiene un amigo llamado Hugo, con quien juega todos los días. Hasta ahí, nada fuera de lo normal. Los amigos imaginarios existen. El problema es que Hugo no es imaginario es una estatua de piedra.
Un amigo que no debería existir
Hugo es la figura de un niño leyendo un libro, una escultura traída de Austria por el antiguo dueño de la casa y colocada en los jardines de la mansión. Julia, al principio, no ve ningún problema. Para ella, todo forma parte del mundo interno de Silvia. Pero los padres de la niña saben que algo no está bien.
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La obsesión de Silvia con la estatua va más allá de un simple juego. La niña habla con Hugo, le obedece y le guarda secretos. Y poco a poco, la casa comienza a llenarse de sucesos inexplicables. Ruidos, accidentes, miradas que parecen venir de ningún lado. Lo que parecía imaginación infantil empieza a transformarse en algo mucho más oscuro.
Brujería sin demonios ni rituales
Lo más perturbador de El libro de piedra es lo que no muestra. No hay demonios ni escenas explícitas de posesión. Aquí el mal es ambiguo, silencioso y se manifiesta a través de la manipulación, del control, de una presencia que parece estar siempre observando.
A pesar de haber sido filmada hace más de medio siglo, El libro de piedra no se siente vieja. Al contrario. Su forma de abordar el miedo infantil, la sugestión y la pérdida de control resulta sorprendentemente moderna.
En muchos sentidos, es más perturbadora que El exorcista porque no te ofrece respuestas claras. No hay un enemigo visible al que derrotar. Solo la sensación constante de que algo está profundamente mal y que nadie puede detenerlo.