Cuando se habla del Oscar, casi siempre pensamos en dramas solemnes, romances épicos o historias que dejan el corazón hecho pedazos. Ahí están Titanic, con su amor imposible y su tragedia gigantesca. El cisne negro, una historia obsesiva y perturbadora. O La lista de Schindler, una de las obras más duras y respetadas de la historia del cine. Durante años, ese tipo de títulos definieron lo que "merecía" una estatuilla.
Pero el Oscar no vive solo de lágrimas, violines y discursos solemnes. De vez en cuando, la Academia voltea a ver otro tipo de cine: uno que apuesta por la espectacularidad visual, por mundos imposibles y por efectos especiales que no solo buscan impresionar, sino contar algo más grande. Y dentro del rubro, destaca una cinta con una criatura legendaria.
El rugido que hizo historia en los Oscar
La película que logró eso es Godzilla Minus One. Contra todo pronóstico, esta cinta japonesa no solo conquistó al público, sino también a la Premios Oscar, llevándose el premio a Mejores Efectos Visuales. Y no fue por tener el presupuesto más alto ni el estudio más poderoso detrás: fue por cómo usó cada recurso para contar una historia devastadora.
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Ambientada en el Japón de la posguerra, la película nos sitúa en un país ya destruido, exhausto, tratando de reconstruirse física y emocionalmente. Y entonces aparece Godzilla, no como un simple monstruo gigante, sino como la encarnación de un trauma colectivo. Cada paso suyo arrasa con un paisaje que todavía no termina de levantarse y cada ataque recuerda que hay heridas que no cierran tan fácil.
Sin héroes perfectos ni salvadores milagrosos
Una de las decisiones más valientes de Godzilla Minus One es lo que no muestra. Aquí no hay intervención militar milagrosa ni gobiernos todopoderosos listos para salvar el día. No hay armas tecnológicas imposibles ni soluciones rápidas. Lo que hay son personas comunes, sobrevivientes que ya lo perdieron todo y que, aun así, deciden unirse frente a un horror implacable.
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Todo esto cambia por completo el tono. La amenaza no es solo el monstruo, sino la desesperación, la sensación de abandono y la idea de que nadie va a venir a rescatarte. Y en ese contexto, cada escena de destrucción duele más. No es espectáculo vacío: es angustia pura y por eso los efectos visuales impactan tanto.
Mientras muchas superproducciones estadounidenses gastan cifras obscenas en efectos que terminan sintiéndose genéricos, Godzilla Minus One hizo más con mucho menos. Cada plano está pensado y cada secuencia tiene una intención. El monstruo se siente pesado, real, aterrador, no por su tamaño, sino por lo que representa.
La Academia lo notó, y al premiarla, mandó un mensaje claro: no se trata de cuánto gastas, sino de cómo lo usas. Esta película demostró que el cine de monstruos puede ser profundo, emocional y devastador sin perder espectacularidad. Y que, cuando se hace bien, puede mirar de frente a Hollywood y superarlo.