Es una de las mejores películas de terror de la década del 2000, pero pasó por una batalla legal épica por un accidente durante el rodaje
Sergio Negrete
Sergio Negrete
-Redactor
Mi infancia estuvo repleta de películas de Disney en VHS. Bien podría ser un personaje de 'El diario de Bridget Jones', 'Fleabag' o 'Parks and Recreation'

Casos como este recuerdan que el cine de terror no necesita accidentes reales para ser efectivo. El miedo se construye con talento, no con sangre verdadera.

El cine de terror siempre ha tenido fama de estar maldito. No solo por lo que ocurre en pantalla, sino por lo que pasa detrás de cámaras. Hay rodajes que parecen normales hasta que no lo son. Y luego están esos casos que se convierten en leyenda. Basta con recordar los múltiples incidentes que rodearon a El exorcista, la cadena de tragedias asociadas a Poltergeist o el accidente fatal que marcó para siempre a El cuervo.

Con el tiempo, estas historias han alimentado la idea de que el terror no se queda en la ficción. Que cruzar ciertos límites creativos tiene un precio. A veces es solo superstición pero de vez en cuando, el horror es completamente real y deja cicatrices que no se borran. Y entre todas ellas, hay una cinta que hoy es considerada una joya del terror moderno, pero cuya producción escondió una pesadilla.

Pesadilla en el infierno
Pesadilla en el infierno
Fecha de estreno 13 de julio de 2018 | 1h 31min
Dirigida por Pascal Laugier
Con Crystal Reed, Anastasia Phillips, Emilia Jones
Medios
3,2
Usuarios
3,3
Sensacinemx
3,5
Ver en Amazon Prime Video

El rodaje que terminó en los tribunales

La película en cuestión es Ghostland, también conocida como Pesadilla en el Infierno. Dirigida por Pascal Laugier, se convirtió rápidamente en una de las propuestas más inquietantes del terror reciente, de esas que no se olvidan fácilmente.

El antepenúltimo mohicano

Pero durante el rodaje ocurrió algo que cambió todo. En una de las escenas más perturbadoras del filme, la joven actriz Taylor Hickson, quien interpreta a la versión joven de Vera, sufrió un grave accidente. Un momento que no estaba planeado y que terminó derivando en una batalla legal que sacudió a la producción años después.

El silencio y luego la demanda

Durante un tiempo, el incidente pasó desapercibido para el público. La película se estrenó, fue elogiada por su crudeza y su atmósfera asfixiante, y se ganó un lugar entre las mejores propuestas de terror psicológico de la década. Pero la historia no había terminado.

Filmaffinity

Años después, Hickson decidió llevar el caso a los tribunales. En la demanda, su defensa fue clara: el accidente ocurrió porque se le aseguró que la escena era segura cuando no lo era. La actriz sostuvo que confió en el equipo creativo y que esa confianza terminó costándole caro.

El caso puso sobre la mesa una conversación incómoda: ¿hasta dónde puede llegar un director en nombre del realismo? ¿Cuándo la búsqueda de una escena "más intensa" cruza la línea de la negligencia?

El precio del realismo extremo

Ghostland es una película que no suaviza nada. Su violencia es frontal y su atmósfera, sofocante. Y justamente por eso, muchos la consideran una obra potente dentro del terror contemporáneo. Pero el accidente de Hickson obligó a mirar el filme desde otro ángulo.

Lo que en pantalla se percibe como angustia y desesperación, detrás de cámaras se convirtió en una experiencia traumática real. Y eso cambia la conversación. Porque una cosa es provocar miedo y otra muy distinta es poner en riesgo a quienes dan vida a la historia.

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