En Cinépolis y Cinemex se encuentran exhibiendo propuestas de acción pensadas para entretener a los cinéfilos. Títulos recientes llenos de persecuciones, efectos digitales y urgencia constante, como Alerta: Extinción o El día del fin del mundo: Migración, funcionan como espectáculo pero rara vez se quedan contigo cuando se encienden las luces.
El problema no es la acción en sí, sino la falta de creatividad. Estas y otras cintas actuales hacen mucho ruido pero la tensión real es mínima. Todo se explica y nada que te obliga a pensar. Pero lo bueno es que siempre puedes volver a casa, abrir Netflix y toparte con una obra que demuestra cómo se construye el suspenso de verdad. Esta es una película que no necesita explosiones cada cinco minutos para ponerte al borde del sillón.
La obra que sigue adelantada a su tiempo
La película es Ghost in the Shell, dirigida por Mamoru Oshii, y sigue siendo una lección magistral de tensión, atmósfera y ciencia ficción adulta. Ambientada en un futuro donde la línea entre humanos y máquinas es casi inexistente, la historia sigue a Motoko Kusanagi, una agente cibernética que trabaja para una unidad antiterrorista especializada en crímenes tecnológicos. Su misión: dar caza a un misterioso hacker conocido como el Puppet Master, capaz de infiltrarse en mentes humanas y reescribir identidades.
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Pero lo que empieza como una persecución se transforma en algo mucho más inquietante. ¿Qué significa ser humano cuando tu cuerpo es artificial? ¿Dónde termina la conciencia y empieza el programa? Cada escena avanza con calma, acumulando preguntas, silencios y una sensación constante de que hay una amenaza invisible.
Tensión sin prisas, impacto sin ruido
En poco menos de 90 minutos, Ghost in the Shell se construye a través del ritmo, de la música, de la ciudad viva que respira y de personajes que dudan. Aquí no hay villanos caricaturescos ni explicaciones fáciles, sino ideas que pesan.
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Y justo por eso humilla a muchos estrenos actuales. Porque entiende que la tensión no nace del volumen, sino de la incertidumbre. De no saber qué es real y de sentir que algo no encaja y aun así seguir adelante. Además, su animación sigue siendo impresionante. Cada plano está pensado y no hay un solo segundo desperdiciado.
Han pasado casi 30 años y Ghost in the Shell continúa sintiéndose más audaz, más inteligente y más inquietante que buena parte del cine de acción moderno. No simplifica sus ideas y confía plenamente en el espectador.