Demi Moore viene de recordarle al mundo que sigue siendo una fuerza total en pantalla. La sustancia de Coralie Fargeat la devolvió al centro de la conversación cinéfila, la puso otra vez en temporada de premios y confirmó algo que mucha gente ya sabía, pero a veces Hollywood olvida: cuando tiene el material correcto, ella arrasa.
Pero su carrera no solo está hecha de grandes regresos. Como casi cualquier estrella de larga trayectoria, también tiene esa película que preferiría no haber hecho, que en papel parecía una decisión útil y que luego terminó convertido en una experiencia incómoda. De esas que te dejan una lección clara: no todo se hace por dinero, y menos si desde el principio algo no te huele bien.
La película que tomó por estrategia, no por convicción
Y en el caso de Moore, esa película fue Una bruja en Nueva York, la comedia romántica de 1991 que aceptó, según contó en sus memorias "Inside Out", por presión de su agente y con la idea de aumentar su salario en Hollywood. La actriz confesó que no quería hacerla, que nunca debió aceptar el proyecto y que el rodaje fue "una experiencia desastrosa" que no quiso repetir.
Paramount Pictures
Lo que vuelve tan interesante esta confesión es que llega desde un momento muy concreto de su carrera. Moore venía de arrasar con Ghost, la sombra del amor, así que estaba en esa etapa en la que Hollywood empieza a moverte como pieza del tablero. Y ahí fue donde su agente la empujó a aceptar la cinta por una razón muy fría: subir su tarifa por película.
"No me sentía segura" y el rodaje se volvió un martirio
Lo más duro de su testimonio no es solo que se arrepienta de haber hecho la película, sino cómo describe lo que sintió mientras la filmaba. Moore explicó que no se sentía segura ni antes ni durante el rodaje, y que tampoco confiaba en el director. Además, percibía que la cinta descansaba mucho sobre ella, justo cuando todavía no sentía tener la experiencia suficiente para cargar con ese peso.
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Y ahí entra otro detalle: compartía pantalla con actores como Jeff Daniels, Frances McDormand y Mary Steenburgen, a quienes veía como mucho más experimentados. Moore cuenta que se sintió intimidada y que ni siquiera tuvo la confianza de pedirles ayuda. Esa sensación de estar fuera de sitio es probablemente lo que convirtió la película en algo tan pesado para ella.
Y encima la película tampoco salió bien
Como si el mal trago personal no bastara, Una bruja en Nueva York tampoco fue precisamente un triunfo. La película terminó siendo un fracaso crítico y comercial: recaudó apenas unos nueve millones de dólares y quedó marcada como uno de esos tropiezos raros dentro de una etapa en la que Demi Moore estaba intentando consolidarse todavía más como gran figura de Hollywood
Quizá lo más valioso de toda esta historia es que Moore sí sacó una conclusión muy concreta de ese error. Según sus propias palabras, nunca volvió a hacer una película solo por dinero. Y esa frase pesa más cuando viene de alguien que aprendió de esa experiencia.