El cine mexicano de las últimas décadas tiene varias películas que ya son parte obligatoria de la conversación. Están las que se volvieron fenómeno, las que marcaron a una generación y las que terminaron abriendo puertas en festivales, premios y salas donde antes casi no se hablaba de México con esa fuerza. Algunas llegaron con violencia, otras con humor y unas más con una intimidad tan grande que todavía se sienten cerca.
Pero hay una cinta que hizo algo distinto: puso una casa, una calle, una familia y una vida cotidiana en el centro de todo. No necesitó persecuciones, giros de thriller ni grandes discursos para conquistar al mundo. Bastó con una mujer caminando por la Ciudad de México, una memoria familiar hecha con precisión dolorosa, y un blanco y negro que parece sacar los recuerdos de otro lugar.
Una película mexicana por excelencia
La obra maestra es Roma, la película de Alfonso Cuarón que llegó a Netflix después de un recorrido internacional enorme y que todavía se mantiene como uno de los puntos más altos del cine mexicano contemporáneo. Estrenada en 2018, la cinta está protagonizada por Yalitza Aparicio y Marina de Tavira, y sigue a Cleo, una trabajadora doméstica en una familia de clase media de la colonia Roma durante los años setenta. Es un retrato emotivo de la vida doméstica en medio de tensiones familiares y políticas en el México de aquella época.
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Lo que cuenta Roma parece sencillo visto desde lejos: una familia que se desmorona, una mujer que sostiene una casa que no es suya, una ciudad que cambia mientras la vida privada sigue exigiendo desayunos, niños, mandados y silencios. Cuarón entiende que la memoria no siempre llega como una revelación, sino que a veces aparece en el sonido del agua, en una calle llena de vendedores o en una conversación que no se cierra.
Cuarón volvió a casa, pero no hizo una postal
Alfonso Cuarón venía de dirigir películas enormes como Gravedad, una experiencia visual armada en el espacio exterior. Con Roma hizo el movimiento contrario: regresó a México, a su infancia, a una casa inspirada en sus propios recuerdos y a una figura marcada por Liboria "Libo" Rodríguez, la trabajadora doméstica que participó en su crianza. La película toma esa memoria personal y la convierte en ficción que honra.
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La Ciudad de México de Roma no aparece como un fondo bonito. Se siente viva, ruidosa, desigual, caótica y llena de detalles que no están ahí para adornar. El Halconazo, los cines, las tiendas, los autos, los patios, los pasillos estrechos y las azoteas forman parte de un mismo tejido. La historia íntima de Cleo nunca se separa por completo del país que la rodea. La vida familiar y la violencia política conviven en la misma imagen, como suele pasar fuera del cine.
No es una cinta para ver mientras contestas el celular. Pide atención, pero te devuelve algo raro: la sensación de haber habitado una memoria ajena. Años después, Roma sigue siendo una obra difícil de encasillar. Es drama familiar, retrato social, ejercicio de memoria y carta de amor al lugar que ocupan las mujeres que sostienen hogares que no les pertenecen.