Según la psicología, los niños de los 80 y 90 que crecieron con 'Dragon Ball' podrían tener esto en común
Sergio Negrete
Sergio Negrete
-Redactor
Mi infancia estuvo repleta de películas de Disney en VHS. Bien podría ser un personaje de 'El diario de Bridget Jones', 'Fleabag' o 'Parks and Recreation'

La generación que vio 'Dragon Ball' en los 80 y 90 no solo recuerda transformaciones, ataques y villanos con nombres imposibles. Había humor absurdo, pero también duelos, sacrificios y decisiones que no siempre se resolvían con una Genkidama.

Los niños de los 80 y 90 crecieron con una televisión que parecía estar siempre encendida. Ahí estaban Sailor Moon, Supercampeones, Los Caballeros del Zodiaco y, por supuesto, Dragon Ball. El anime de Akira Toriyama se volvió ritual de las tardes, conversaciones del recreo y motivos suficientes para correr a casa antes de que empezara el capítulo. No era solo ver peleas. Era aprender nombres, transformaciones, villanos, torneos y gritos frente a la pantalla.

Pero quienes crecieron con Goku y compañía podrían tener algo en común que va más allá de la nostalgia. Según una lectura desde la psicología, Dragon Ball habría ayudado a toda una generación a entender de una forma especial a la ambigüedad moral: esa capacidad de entender que un personaje no siempre cabe en las casillas simples de "bueno" o "malo". Si creciste viendo a Vegeta pasar de destructor de planetas a papá malhumorado con corazón, esto te sonará bastante familiar.

Dragon Ball: Daima
Dragon Ball: Daima
Fecha de estreno 2024-10-11
Series : Dragon Ball: Daima
Con Mario Castañeda, Masako Nozawa, Laura Torres, Masako Nozawa, Yumiko Kobayashi
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3,2
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'Dragon Ball' nos enseñó que los villanos también podían cambiar

La clave está en personajes como Piccolo y Vegeta. Ambos llegaron como amenazas reales, no como antagonistas de relleno que se volvían buenos porque el guion necesitaba un aliado más. Piccolo fue enemigo de Goku y después terminó convertido en maestro, protector y una de las figuras más importantes para Gohan. Vegeta, por su parte, pasó de un arrogante Saiyajin a aliado, esposo, padre y eterno rival con complejo de superioridad.

Toei Animation

Ese tipo de transformación pudo dejar huella en quienes los vieron durante la infancia. La ficción de Dragon Ball pudo influir en el desarrollo de la empatía y en la lectura de personajes moralmente complejos. No era solo que el malo se volvió bueno. Era ver a alguien cargar orgullo, violencia, culpa, deseo de poder y, aun así, encontrar un camino distinto.

La ambigüedad moral que también venía de Gohan

Gohan es otro caso importante. Durante años parecía destinado a convertirse en el guerrero más poderoso de todos. Desde niño cargó con un potencial enorme, entrenó con Piccolo, sobrevivió a amenazas imposibles y tuvo uno de los momentos más icónicos de la serie cuando enfrentó a Cell. Para muchos fans, su camino lógico era seguir peleando, superar a Goku y convertirse en el gran protector de la Tierra.

Toei Animation

Pero Toriyama lo llevó por otro lado. Gohan eligió estudiar, formar una familia y alejarse de la vida de combate constante. Ese giro, que durante años molestó a una parte del fandom, también enseñaba algo bastante raro para un anime de peleas: tener poder no significa estar obligado a vivir para la batalla.

En una serie donde casi todo parecía resolverse a golpes, Gohan representó una salida distinta. No era cobardía ni falta de talento. Era la posibilidad de no convertirse en lo que todos esperaban. Para una generación que creció viendo héroes definidos por ganar y superar límites, ese detalle podía abrir otra lectura: madurar también era decidir no pelear.

Lo que la psicología dice de crecer con historias complejas

La explicación psicológica se apoya en la idea de que la ficción consumida durante la infancia y adolescencia puede moldear la forma en que interpretamos el mundo. En esas etapas, las historias no son simple entretenimiento: también funcionan como pequeños laboratorios emocionales. Ahí uno aprende a identificar justicia, culpa, sacrificio, lealtad, miedo, rivalidad y redención sin vivirlo en carne propia.

Eso no significa que ver Dragon Ball te vuelva automáticamente más empático o más maduro que otras generaciones. Pero sí explica por qué la serie pegó de una forma tan profunda: mientras vendía peleas espectaculares, también estaba enseñando que las personas podían cambiar, fallar, mejorar y seguir siendo contradictorias.

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