Hollywood ama las franquicias hasta que dejan de dar dinero. En cuanto una película grande se estrella en taquilla, los planes de secuelas, spin-offs y universos expandidos suelen desaparecer más rápido que villano secundario en película de acción. No importa cuánto lore haya quedado pendiente ni cuántos fans se enfurezcan.
La ciencia ficción conoce muy bien esa historia. Por cada saga que logra levantar imperios, hay otra que se queda a medio camino. A veces el fracaso mata todo. Otras, solo deja la puerta abierta para que alguien demasiado terco vuelva a empujarla.
El tropiezo que casi enterró a Riddick
Ese es el caso de la saga de Riddick, protagonizada por Vin Diesel. El gran golpe llegó con Las crónicas de Riddick, estrenada en 2004, siendo una apuesta mucho más ambiciosa que su origen de bajo presupuesto. Venía de Pitch Black, aquella cinta de 2000 donde Diesel interpretaba a un criminal con ojos capaces de ver en la oscuridad, atrapado en un planeta lleno de criaturas que sólo salían durante un eclipse. La primera costó 23 millones de dólares y terminó recaudando más de 53 millones en todo el mundo, suficiente para hacer ruido.
Radar Pictures
El problema fue que la secuela quiso crecer de golpe. Las crónicas de Riddick ya no era solo una película de supervivencia espacial con monstruos en la oscuridad. Ahora quería ser una ópera espacial, con imperios, profecías, planetas y una estética entre fantasía militar y ciencia ficción dura. Todo eso la llevó a un presupuesto de 105 millones de dólares y una recaudación de casi 116 millones, que no alcanzaban para celebrar nada.
Ahí pudo terminar todo pero Riddick quiso ser algo más y tener su propia leyenda al estilo Luke Skywalker. La película tenía imágenes poderosas y un mundo con personalidad, pero también cargaba con esa sensación de haber querido construir una mitología completa antes de asegurarse de que el público quisiera iniciar una nueva aventura.
Vin Diesel no soltó al personaje
Lo raro es que Vin Diesel nunca trató a Riddick como un papel más en su carrera. Para muchos espectadores, el actor quedó asociado para siempre con Dominic Toretto, pero antes de que Rápidos y furiosos se volviera una máquina global, Riddick ya era uno de sus personajes más personales.
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Después del golpe de 2004, Diesel negoció con Universal algo: aceptó aparecer brevemente en Rápidos y furiosos: Reto Tokio a cambio de recuperar los derechos del personaje. El cameo formó parte del trato para que Universal le devolviera el control de Riddick, lo que abrió la puerta para que el actor pudiera revivir la saga años después.
El resultado fue el regreso de Ridick en 2013, con una tercera entrega más contenida, más cercana al espíritu de Pitch Black y menos inflada que Las crónicas de Riddick. Ya no se trataba de vender una biblia galáctica completa, sino de poner otra vez al personaje en modo supervivencia. Con un presupuesto de 38 millones de dólares, la película recaudó más de 98 millones a nivel mundial.
Una saga pequeña que se niega a morir
La historia no se quedó ahí. Riddick: Furya, la cuarta entrega, volverá a poner al personaje en movimiento con David Twohy, director y guionista habitual de la franquicia. El proyecto reúne otra vez a Diesel con Twohy y plantea el regreso de Riddick a su planeta natal, Furya, un lugar que apenas recuerda y donde encontrará a otros como él luchando por sobrevivir.
No deja de ser extraño que una saga con tantos tropiezos siga respirando más de dos décadas después. Tal vez es porque Riddick nunca fue una franquicia normal. No tiene el cuidado de los grandes productos ni la maquinaria perfecta de otros universos de ciencia ficción. Pero sí tiene otra cosa: un protagonista que se pelea por la saga, un mundo demasiado raro para morir del todo y un actor que decidió adoptarlo como proyecto personal.