El Mundial ya está aquí y, para cualquiera que haya crecido viendo futbol, hay nombres que se activan solos en la memoria. Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Ronaldinho, Zinedine Zidane, Diego Maradona y Pelé. Pero también están Oliver Atom, Benji Price, Steve Hyuga y los tiros imposibles de Supercampeones, esos que parecían recorrer media cancha mientras el narrador tenía tiempo de contar la vida entera del jugador.
El anime convirtió el futbol en una fantasía: canchas infinitas, disparos con nombre propio, porteros que volaban como si no existiera la gravedad y partidos donde cada gol parecía una batalla espiritual. Era exagerado pero también entendía algo muy real del deporte: cuando eres niño, cualquier tiro al arco se siente como final de Copa del Mundo. Y hay una película que llevó esa misma locura al live-action sin pedir permiso.
La película que parece un 'Supercampeones' de carne y hueso
Esa película es Shaolin Soccer, estrenada en 2001 y dirigida, escrita y protagonizada por Stephen Chow. No es una adaptación oficial de Supercampeones, pero falta no le hace. En espíritu, la energía y el descaro visual se siente como lo más cercano a ver un anime futbolero convertido en película real. Una donde la pelota arde, los jugadores vuelan y cada partido parece una pelea de artes marciales disfrazada de torneo deportivo.
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La historia sigue a Sing, un exmonje shaolin que está convencido de que el kung fu puede mejorar la vida cotidiana. No quiere usarlo solo para pelear ni para impresionar a desconocidos en la calle. Su sueño, bastante absurdo y precioso, es llevar esas habilidades al futbol. Para lograrlo, reúne a sus antiguos hermanos de entrenamiento, todos bastante acabados por la vida, y arma un equipo de perdedores con poderes prácticamente sobrehumanos.
No necesitas amar el futbol para entrarle
Lo más bonito de Shaolin Soccer es que no exige saber de tácticas, posiciones, fuera de lugar ni formaciones raras para disfrutarla. Si te gusta el futbol, la vas a gozar por lo absurdo de sus partidos. Si no te gusta, también puedes caer rendido porque en realidad es una historia sobre gente rota tratando de recuperar algo que perdió. El balón es la excusa pero la emoción viene de otro lado.
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Cada integrante del equipo carga su propia derrota. Antes fueron maestros del kung fu, pero la vida adulta los dejó cansados, pobres, olvidados o resignados. Uno trabaja en cosas que odia, otro perdió la confianza, otro parece haber enterrado por completo su fuerza. Sing los junta no solo para ganar un torneo, sino para recordarles quiénes eran.
Stephen Chow entendió la exageración como pocos
Stephen Chow ya era una figura importantísima del cine de Hong Kong cuando hizo Shaolin Soccer, pero esta película lo terminó de proyectar internacionalmente. Su humor tiene algo muy suyo: es torpe, rápido, absurdo, sentimental y descaradamente tonto. Pero debajo del chiste siempre hay un personaje con ganas de ser tomado en serio.
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Eso hace que la película no se sienta como una simple parodia deportiva. Hay golpes imposibles, jugadores que salen volando y escenas que parecen sacadas de una caricatura de sábado por la mañana. Pero también hay una lectura muy clara sobre la dignidad. Los personajes no quieren volverse estrellas porque sí: quieren recuperar la sensación de que todavía sirven para algo. Y es el futbol lo que les devuelve un lugar.
El mundo de Shaolin Soccer es ridículo, pero tiene reglas. Su humor es exagerado, pero tiene corazón. Sus efectos ya cargan el encanto de principios de los 2000, pero eso la vuelve todavía más divertida. No busca realismo: busca que te rías, te emociones y aceptes que un monje puede cambiar un partido con una patada imposible.