Meryl Streep puede pasar de la frialdad impecable de Miranda Priestly en El diablo viste a la moda a cantar ABBA en Mamma Mia! y después romperle el corazón al público con La decisión de Sophie. Su carrera está llena de personajes tan distintos que cuesta encontrar un hilo común entre ellos, salvo por esa capacidad de apropiarse de sus papeles. No por nada suma tres premios Oscar y más nominaciones actorales que cualquier otra intérprete en la historia de la Academia.
Parte de esa curiosidad comenzó mucho antes de que Streep estudiara actuación en Vassar y Yale o pisara un escenario profesional en Nueva York. Su madre, Mary Wilkinson Streep, era artista y editora de arte, y tenía una manera muy particular de acercar a sus hijos a la cultura. No todo se aprendía sentado frente a un pizarrón.
Su madre cambiaba la escuela por un día en Nueva York
Durante una conversación pública con Antonio Banderas organizada por la Fundación Princesa de Asturias, Streep recordó que dos o tres veces al año su madre despertaba a uno de sus hijos con una noticia inesperada: ese día no tendría que asistir a clases. En lugar de enviarlos a la escuela, preparaba una salida especial a Nueva York pensada únicamente para quien había recibido el permiso.
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Cada hermano tenía su propio día y el plan cambiaba según sus intereses. A los niños los llevaba a partidos o al Museo Americano de Historia Natural. Con Meryl, el recorrido casi siempre terminaba en alguna obra de teatro o espectáculo. La actriz contó que su madre prácticamente la llevó a ver todo lo que estaba disponible en la ciudad.
Para una niña criada en Nueva Jersey, aquellas visitas abrían una ventana enorme. Había escenarios, museos, personas de lugares distintos y una ciudad donde el arte no era una actividad lejana reservada para alguien más. La escuela podía esperar unas horas pero Nueva York tenía otra clase preparada.
Mary Streep fue la primera persona que creyó en ella
Mary no solo organizaba esos días fuera del salón. También fue quien empujó a su hija a confiar en sus capacidades, incluso cuando Meryl era mucho más tímida y dudaba de sí misma. La actriz ha recordado que su madre le repetía que podía conseguir cualquier cosa si trabajaba y dejaba de poner excusas. Ella terminó creyéndole.
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Cuando Streep tenía alrededor de 12 años, su madre notó que tenía buena voz y la inscribió en clases de canto con la maestra Estelle Liebling. Durante un tiempo pareció que podría acercarse a la ópera, pero terminó alejándose porque no encontraba una conexión emocional con lo que interpretaba. Años más tarde reconocería que aquella experiencia le dejó una lección importante: no quería realizar un trabajo que no pudiera sentir de verdad.
El teatro llegó con mayor fuerza durante sus años universitarios. En Vassar interpretó a la protagonista de La señorita Julia y comenzó a llamar la atención dentro del campus. Después ingresó a la Escuela de Drama de Yale, donde pasó por una enorme variedad de personajes y producciones. Antes de que Hollywood descubriera sus acentos, sus transformaciones y su facilidad para cambiar de registro, ya había aprendido a moverse entre Shakespeare, drama clásico y comedia.
Meryl Streep repitió parte de esa crianza con sus hijos
Cuando formó su propia familia, Streep intentó mantener a sus cuatro hijos lejos de la parte más invasiva de la fama. Henry Wolfe se dedicó a la música, mientras Mamie Gummer, Grace Gummer y Louisa Jacobson siguieron distintos caminos dentro de la actuación. En casa, sin embargo, ella era su madre y no la mujer que acumulaba premios, alfombras rojas y elogios de medio Hollywood.
La actriz también ha hablado de la importancia de dejar que los niños se aburran, jueguen y encuentren sus propias formas de entretenerse. Esa idea venía de Mary, quien podía mandar a sus hijos a pasar el día afuera y, al mismo tiempo, sorprenderlos con una entrada al teatro en plena jornada escolar. No fue una educación perfectamente ordenada, pero sí una llena de experiencias que difícilmente cabían en un libro de texto.