Ir al cine parece una experiencia que siempre ha funcionado de la misma manera: compras un boleto, entras con algo de comer, ves varios tráilers y esperas a que apaguen las luces. Pero llegar hasta ahí tomó décadas de pruebas, modas, inventos extraños y decisiones que en su momento tenían toda la lógica del mundo.
Hollywood tampoco nació con estatuillas doradas, enormes letreros sobre las colinas o salas que olían a mantequilla. Hubo años en los que conocer al ganador del Oscar antes de la ceremonia era completamente normal y otros en los que alguien pensó que el futuro del cine estaba en hacer que los espectadores olieran lo mismo que los personajes.
1. Las palomitas estuvieron prohibidas en muchas salas de cine
Hoy parece casi imposible separar una cosa de la otra, pero los primeros grandes cines estadounidenses no querían palomitas dentro de sus salas. Los dueños intentaban imitar la elegancia del teatro tradicional: tenían alfombras, muebles cuidados y buscaban un público de clase alta. El ruido al comer y los restos en el piso eran exactamente lo contrario de la imagen que querían proyectar.
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La situación llegó al punto de que algunos cines pedían dejar las palomitas en el guardarropa antes de entrar. Todo cambió durante la Gran Depresión. Una bolsa podía costar apenas entre cinco y diez centavos y producirla era muy barato, así que los vendedores comenzaron a instalarse afuera de las salas. Cuando los exhibidores vieron cuánto dinero dejaba el negocio, pasaron de combatirlas a venderlas ellos mismos. Para mediados de los años cuarenta, cine y palomitas ya eran prácticamente inseparables.
2. Los tráilers se llamaron así porque se proyectaban después de la película
La palabra "tráiler" tiene poco sentido hoy: aparecen antes de la función. El nombre viene de una época en la que esos avances iban al final. Uno de los primeros ejemplos documentados apareció en 1913 y ni siquiera promocionaba una película, sino la obra de Broadway The Pleasure Seekers.
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Ese mismo año comenzaron a utilizarse pequeños adelantos para que el público regresara a ver el siguiente capítulo de historias serializadas. El truco funcionaba muy bien: terminaba el episodio, aparecía un vistazo de lo que venía y la gente salía con una razón para volver. Con el tiempo alguien entendió el problema obvio de colocarlos al final: muchos espectadores simplemente se levantaban y se iban. Los avances cambiaron de lugar, pero el nombre sobrevivió.
3. El famoso letrero de Hollywood era publicidad inmobiliaria
El enorme letrero blanco sobre las colinas de Los Ángeles parece construido para anunciar que ahí vive el cine estadounidense. Su origen era mucho menos glamuroso. Cuando fue levantado en 1923, decía "HOLLYWOODLAND" y funcionaba como publicidad para un desarrollo inmobiliario de lujo.
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Las 13 letras medían alrededor de 13 metros de altura y estaban iluminadas por miles de focos. El anuncio, que había costado unos 21 mil dólares, estaba pensado para durar alrededor de 18 meses. Terminó sobreviviendo durante décadas. En 1949 desapareció la parte de "LAND" y quedó únicamente el nombre que hoy reconoce prácticamente cualquiera. Así que uno de los símbolos definitivos del cine comenzó intentando vender casas.
4. En los primeros Oscar todos sabían quién había ganado antes de llegar
Imaginar los Oscar sin sobres cerrados, apuestas ni caras nerviosas cuando se pronuncia un nombre parece extraño, pero la primera ceremonia funcionó así. El 16 de mayo de 1929, unas 270 personas se reunieron en el Hollywood Roosevelt Hotel para entregar los primeros premios de la Academia. Cuando llegaron a cenar, no había demasiado suspenso: los ganadores habían sido anunciados tres meses antes.
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Durante los siguientes años, la Academia siguió entregando los resultados con anticipación a los periódicos para que los publicaran la noche de la ceremonia. Ese acuerdo terminó en 1940, cuando Los Angeles Times rompió el embargo y publicó los nombres antes de que comenzara el evento. A partir del año siguiente se adoptó el sistema de sobres sellados que todavía conocemos.
5. Hollywood intentó hacer películas que pudieras oler
El 3D está lejos de ser el experimento más extraño utilizado para sacar gente de sus casas. Cuando la televisión comenzó a crecer durante los años cincuenta, los estudios y exhibidores buscaron nuevas razones para que el público siguiera pagando una entrada. Una de las respuestas fue Smell-O-Vision.
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La tecnología liberaba hasta 30 aromas desde pequeñas ventilas colocadas debajo de los asientos, sincronizados con lo que ocurría en pantalla. En Scent of Mystery, de 1960, el público podía oler desde una naranja hasta el tabaco de una pipa, aroma que además tenía importancia dentro del misterio. El problema era que los olores tardaban en desaparecer, podían mezclarse y no siempre llegaban a todos al mismo tiempo. El invento nunca conquistó las salas.