Vox Lux, el precio de la fama
Críticas
3,5
Buena
Vox Lux, el precio de la fama

Brady Corbet no deja claro su punto y desaprovecha a Natalie Portman

por Tamara Cuevas

Staten Island, 1999. Celeste, una joven ni muy guapa, ni muy talentosa, ni muy interesante, se convierte en el centro de atención en Estados Unidos tras sobrevivir al tiroteo que se suscitó en su escuela. Con Willem Defoe (Van Gogh, en la puerta de la eternidad) como narrador, Vox Lux: El precio de la fama se abre ante nosotros como una canción que terminará convirtiéndose en un chiste, a conciencia de su director, Brady Corbet (The childhood of a leader, 2015).

Celeste se hará famosa luego de asistir al memorial de sus compañeros - recién salida del hospital y en silla de ruedas - para recitar una canción que compuso junto a su hermana Eleanor, quien después del traumático evento juró nunca separarse de la futura estrella musical estadounidense. Con tan sólo 15 años, el mundo de la fama empieza abrirse ante Celeste gracias al ruido mediático de su situación, que le exigió alterar la letra de su canción para convertirla en un himno en contra de los tiroteos escolares.

Vox Lux: El precio de la fama se divide en dos partes, tanto de manera visual como narrativa. Durante la primera mitad de la vida de Celeste (preludio y génesis, como las definió Corbet) vamos detrás de ella por lugares oscuros, cerrados, casi claustrofóbicos. En una ocasión en específico, la cámara de Corbet sigue muy de cerca a su protagonista mientras ésta ensaya una coreografía para sus primeros shows (tras haberse lastimado la columna en el tiroteo, la chica no puede bailar como quisiera). Celeste da todo de sí pero no es nada fácil: damos vueltas con ella, nos arrastramos por el suelo y vemos en primer plano su desesperación. Nos mareamos junto con ella pero la chica no renuncia; así será toda su vida.


Natalie Portman encarna a Celeste, una diva pop al borde de un colapso mental.

La edición está planeada para incomodarnos, para hacernos abrir los ojos ante la espiral por la que, lentamente, están cayendo Celeste y el mundo. Cuando llega la segunda parte de Vox Lux: El precio de la fama, todo se ha ido al carajo en su carrera. La ahora mujer y madre cede ante las provocaciones de la prensa, que le arrebatan declaraciones poco éticas sobre su carrera y los eventos que han tomado lugar muy lejos de Estados Unidos, pero que conectan directamente con ella.

En la segunda parte, Natalie Portman acaparará la pantalla con una actuación que llegará hasta la farsa, provocando que nos sea inevitable reír ante los berrinches de una estrella pop que cae en picada, por mucho que intente estar “en onda”. Pero, sobre todo, será imposible no soltar una risa ante los pequeños soliloquios de Celeste, con los que nos explica cómo es que el mundo del arte y del entretenimiento se ha convertido en un páramo donde crecen ídolos cada 10 minutos (culpen al internet y a la atención mediática extrema) y en el que la simulación ha ocupado el lugar de lo auténtico.

La música de la cinta, creada por la cantante Sia, es un pop chicloso y electrónico que dista demasiado de la primera canción que interpreta Celeste en la película, transparente y sincera. Ahora, la cantante se ha convertido en un producto que tomó la sociedad americana como estandarte contra algo que saben está mal pero, como bien dice Celeste cuando comienza su carrera, la música pop hace que la gente olvide sus problemas y disfrute el rato.

Ya sea con música, ídolos fugaces, internet u otras cosas, la sociedad centra su atención en tópicos que no le permiten profundizar en otro relevantes - y preocupantes - acontecimientos, tal vez porque están (estamos) muy preocupados por el mental breakdown de una artista que crearon en un abrir y cerrar de ojos.

Aunque la actuación estelar con la que la cinta se ha vendido es la de Portman (y no me malinterpreten, la actriz hace un trabajo excelente), la verdadera sorpresa es el trabajo de Raffey Cassidi (El sacrificio de un cuervo sagrado, 2017), que interpreta dos papeles muy particulares en esta cinta.  A pesar de que la película es buena, Corbet no logra dejar en claro su punto. No necesita decirlo abierta o explícitamente, pero se siente como un ejercicio al que le faltó un poco de fuerza ya hacia la curva final. 

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