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    Cosas que no hacemos
    Críticas
    3,5
    Buena
    Cosas que no hacemos

    La cruel realidad de una rutina violenta

    por Iván Romero

    El género documental en México se ha nutrido los últimos años de voces auténticas, prometedoras y puntuales, cuyos retratos y narrativas han sobresalido, incluso encima de los largometrajes de ficción nacionales en la mayoría de los casos. La pérdida de la inocencia y la tierra de nadie han sido universos que se han explorado innumerables ocasiones, pero esto no es un problema cuando la mirada propone algo diferente y logre en el espectador una complicidad y vínculo difícil de romper, sobre todo con este tipo de historias que hemos consumido de distintas maneras y sabores.

    Cosas que no hacemos en un documental mexicano que aplica a la excepción de esto y que tras gran éxito en festivales celebrados en Canadá, Inglaterra y Francia, llega al Festival Internacional de Los Cabos 2020 en formato virtual, lo que significa una ventana oportuna para que se conozca el trabajo de Bruno Santamaría Razo, quien en 2016 conquistó a la industria con su también documental Margarita, en el que trazaba la historia de una mujer mayor, los recuerdos y en el que parecía que la improvisación era uno de sus fuertes, porque en los detalles se encontraba lo más valioso. Podía parecer que se forzaban las cosas, pero lo que hace Santamaría es de paciencia y habilidad cinematográfica para encontrar un principio, un clímax y un final.


     



    Con ecos a The Florida Project de Sean BakerCómprame un revólver de Julio Hernández Cordón, Cosas que no hacemos navega entre la inocencia de una comunidad llamada El Roblito en Nayarit y Sinaloa, donde parece que el tiempo no pasa y los actos de violencia se ven con normalidad; un retrato del país y el crimen organizado que respira las nucas de los ciudadanos. La cámara de Santamaría recorre los campos, los salones de clase, las casas, los mangles y las calles del lugar, capturando las risas de los niños, la cotidianidad lenta para, sin querer, encontrar inesperadamente reacciones ante aquel intrigante lugar, de acuerdo con palabras del director. Lo que consiguió quizá rebasó su discurso y sacude emocionalmente con sus imágenes al más incauto.

    La búsqueda de la identidad, revelación de un secreto, un Santa Klaus que avienta dulces en medio de la nada y un suceso violento en una fiesta, son los hilos que marcan pautas importantes en la historia. Lo impresionante es que nada de lo sucedido fue planeado y eso hace más auténtico este retrato. La gente en El Roblito no se da cuenta de lo que ocurre fuera de su comunidad, pero para quienes no visualizan dicho lugar, así como muchos lugares que debe haber en el resto de la República Mexicana, recuerda que la vida tiene un sinfín de escenarios y hay sitios donde los niños crecen solos, porque la necesidad y el hambre superan la crianza y hay irresponsabilidad por parte de los adultos.




    Pero no todo es una serie de fotogramas llenos de belleza externa e interna de El Roblito. La isla luce bellísima y parece un universo muy lejano. En el centro un adolescente de 16 años parece que se encuentra cómodo al ser abiertamente gay, pero algo le quita la paz y lo tenía dudando; detrás de eso también hay un gusto en él por el maquillaje y le transformarse en mujer. Su vínculo evidente con el cineasta le brinda confianza evidente y sólida que traspasa la pantalla y que a su vez desencadena uno de los momentos más fuertes y entrañables del filme al momento de confesarse con sus padres.

    Cosas que no hacemos no cae en la chapucería, ni es manipuladora como la premisa podría de pronto sonar. Bruno narra con una sensibilidad única y sus planos son impresionantes, gracias a un manejo de cámara estupendo y que no hace más que parecer un pasaje salido de un cuento de Peter Pan, con niños que cuesta creer que van a crecer, una falsa libertad y un doloroso crecimiento del que no se dan cuenta. Un documento visual indispensable de ver y que pone a Santamaría en la mira como uno de los cineastas a seguir en los próximos años.

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