Si este fin de semana estás buscando una excusa perfecta para quedarte encerrado, poner el teléfono boca abajo y dejarte llevar por una historia que no te va a soltar, Netflix tiene justo lo que necesitas.
Netflix tiene ese talento extraño para tentarte justo cuando más planes deberías tener. Abres la app solo para ver qué hay y, de pronto, te encuentras con de todo: acción elegante como Sin tiempo para morir, animación que funciona igual para niños y adultos como Super Mario Bros: La película, o propuestas coloridas y explosivas como Las guerreras K-Pop. Opciones sobran.
Pero entre tanto título ruidoso y visible, a veces se cuelan películas que no parecen pedir atención inmediata. No vienen con fuegos artificiales ni con campañas gigantes. Simplemente están ahí, esperando a que alguien les dé play. Y cuando lo haces no te sueltan para nada.
Un plan aparentemente inofensivo
La película se llama La trampa y es uno de esos thrillers que entienden perfectamente cómo jugar con los nervios del espectador. La historia sigue a Cooper Adams, interpretado por Josh Hartnett, quien lleva a su hija Riley a ver a la estrella pop Lady Raven en concierto.
Riley está feliz. Cooper, atento ve que al entrar al estadio de Filadelfia, algo no cuadra. Hay demasiados policías y controles. Un vendedor amable suelta la bomba: las autoridades están buscando a un asesino en serie conocido como El Carnicero, y todo apunta a que está entre el público. Lo que nadie espera es la verdad: Cooper es El Carnicero.
Cuando el peligro está sentado a tu lado
A partir de ese momento, la película se convierte en un ejercicio constante de tensión. Cada movimiento importa y cada decisión puede delatarlo. Cooper no solo tiene que escapar sin levantar sospechas, sino hacerlo sin poner en riesgo a su hija que no tiene idea de quién es realmente su padre.
El escenario no podría ser más claustrofóbico: miles de personas, salidas controladas, policías por todas partes. No hay escondites reales. Solo un hombre tratando de adelantarse a un sistema diseñado para atraparlo.
La genialidad de La trampa está en cómo te obliga a acompañar al personaje. No porque simpatices con él, sino porque estás atrapado en su punto de vista. Ves lo que él ve y sientes la presión. Y eso genera una incomodidad constante.
Un juego psicológico muy bien medido
Detrás de la cámara está M. Night Shyamalan y se nota. No por giros exagerados, sino por el control del ritmo y la atmósfera. Además, hay un detalle curioso: Lady Raven es interpretada por Saleka Shyamalan, hija del director, lo que añade una capa meta interesante al espectáculo dentro del espectáculo.
La trampa funciona porque no te da descansos. Siempre está pasando algo, incluso cuando parece que no. Y si bajas la guardia, te pierdes un gesto, una mirada, una pista clave.