Diez años después, el bosque sigue siendo inquietante. Pero ahora sabemos que el verdadero horror no estaba en las sombras.
Hay películas que el público aplaude de inmediato y otras que necesitan tiempo para ser comprendidas. Sueño de fuga no fue el éxito que hoy parece obvio. Pulp Fiction confundió a más de uno con su estructura fragmentada. Y Blade Runner tardó años en convertirse en obra de culto. A veces el cine no se explica a la primera, sino que simplemente espera.
En 2015 ocurrió algo parecido con una cinta de terror independiente que llegó sin grandes reflectores, desconcertó a buena parte del público y se fue dejando más preguntas que respuestas. No era el típico horror lleno de sustos fáciles. Era algo más denso, incómodo y simbólico. Y ahora, una década después, muchos la están redescubriendo en Prime Video México y preguntándose lo mismo: ¿qué demonios significa ese final?
El origen del mal no era lo que parecía
La película en cuestión es La bruja, dirigida por Robert Eggers y protagonizada por una entonces desconocida Anya Taylor-Joy. Ambientada en la Nueva Inglaterra del siglo XVII, la historia sigue a una familia puritana expulsada de su comunidad y obligada a sobrevivir junto a un bosque que parece respirar oscuridad.
Desde el inicio, la tensión es constante. No hay música estridente ni hay sobresaltos tradicionales. Lo que hay es paranoia, sospecha y una sensación de que algo se pudre lentamente dentro del hogar.
La protagonista, Thomasin, es señalada poco a poco como posible responsable de las desgracias que golpean a la familia. Pero la película nunca ofrece respuestas fáciles. Todo está envuelto en ambigüedad religiosa, miedo y represión.
El final que dividió al público (cuidado con los spoilers)
En los últimos minutos, después de que la familia prácticamente se autodestruye consumida por la histeria y la culpa, Thomasin queda sola. Despojada de todo. Sin hogar, sin padres, sin hermanos.
Entonces ocurre el momento clave: el encuentro con Black Phillip, la cabra que durante toda la película había sido símbolo de inquietud. Cuando el animal finalmente le habla no se trata de un simple giro sobrenatural. Es una representación directa de la tentación. El demonio no la ataca. No la obliga, sino le ofrece libertad. "¿Te gustaría vivir deliciosamente?", le susurra.
Y aquí está la clave del final: Thomasin no es poseída ni es manipulada. Elige. Después de haber sido acusada, reprimida y controlada, decide abandonar el mundo que la condenó desde el inicio. Se une al aquelarre en el bosque y flota junto a otras mujeres en una escena que mezcla terror y liberación.
¿Es una película sobre brujería… o sobre opresión?
Cuando se estrenó, muchos espectadores salieron frustrados. Esperaban respuestas claras. Un enfrentamiento definitivo o una explicación concreta. Pero La bruja nunca fue un relato convencional de terror. Es una historia sobre fanatismo religioso, sobre la represión femenina y sobre el miedo a lo desconocido.
Thomasin no "pierde" al final. Desde cierta perspectiva, se libera. Abandona una estructura que la veía como pecado viviente y abraza lo que la sociedad temía de ella. Por eso el cierre resulta tan incómodo. No hay moraleja ni hay justicia tradicional. Hay transformación.