Esta cinta no fue el sacrificio físico que le dio el premio. Fue el que consolidó su leyenda y, al mismo tiempo, el que estuvo peligrosamente cerca de cobrarse un precio demasiado alto.
Christian Bale lleva años cargando una fama muy específica en Hollywood: la del actor capaz de hacer casi cualquier cosa con tal de desaparecer dentro de un personaje. Subir de peso, bajar hasta lo impensable, cambiar de postura, voz y energía. En su filmografía hay varias transformaciones brutales, pero una sigue sobresaliendo por lo salvaje del proceso y por lo cerca que estuvo de convertirse en una catástrofe real. No fue en Batman inicia, Escándalo Americano y ni tampoco un papel que le dio el Oscar.
Lo curioso es que mucha gente terminó pensando que su inigualable su transformación le dio una estatuilla dorada, aunque no fue así. El reconocimiento llegó años después, con El peleador. Lo que hizo aquella cinta de 2004 fue otra cosa: convertirlo en leyenda pero también dejar la sensación de que había cruzado una línea peligrosa sólo para demostrar hasta dónde podía llevarse a sí mismo.
El papel que lo convirtió en un espectro
En El maquinista, Bale interpretó a Trevor Reznik, un hombre consumido por el insomnio, la culpa y una descomposición física que se siente casi inhumana. No era un personaje simplemente delgado ni agotado. Tenía que parecer alguien que llevaba tanto tiempo roto por dentro que el cuerpo ya había empezado a desaparecer. Y para conseguirlo, el actor perdió alrededor de 28 kilos, quedando en un estado extremo.
La transformación fue tan radical que terminó devorándose buena parte de la conversación alrededor de la película. Antes que hablar del thriller psicológico, lo primero que todo mundo comentaba era su aspecto. No parecía un actor maquillado para lucir enfermo, ni con ayuda de efectos especiales. Parecía alguien al borde del colapso.
La dieta absurda que lo empujó demasiado lejos
Parte del mito de El maquinista viene de la dieta con la que Bale sostuvo esa transformación. Durante meses, sobrevivió con una rutina mínima: café, una lata de atún y una manzana al día. Una combinación casi ridícula por el escaso nivel de alimentación, que la hacía más cercana a una forma de castigo que a una preparación saludable para un rodaje. Lo más inquietante es que llegó al punto de querer perder todavía más peso cuando ya estaba en un estado alarmante.
Fue en ese momento donde empezó a sentirse menos como una demostración de disciplina y más como una espiral. Porque una cosa es modificar el cuerpo para un personaje y otra empezar a correr una carrera privada contra tus propios límites físicos. En el caso de Bale, lo más perturbador de esta historia no es sólo el resultado en pantalla, sino la sensación de que nadie frenó el experimento antes de que se volviera demasiado serio.
Un sacrificio que ni siquiera le dio premios
Lo irónico es que semejante transformación no terminó convertida en una ruta directa a los premios. Bale no fue nominado al Oscar por El maquinista y la película tampoco se instaló como uno de esos grandes fenómenos que arrasan en temporada de premios. Su lugar fue otro: el de película de culto.
Como si perder 28 kilos no fuera suficiente, lo más absurdo vino enseguida. Tras terminar El maquinista, Bale tuvo que recuperar peso y masa muscular en tiempo récord para convertirse en Bruce Wayne en Batman inicia. Pasó de un cuerpo casi esquelético a uno de superhéroe en un lapso corto. Visto hoy, eso suena como una receta perfecta para reventar física y mentalmente.