Crimen, diversidad sexual y Al Pacino: la inquietante película del director de 'El Exorcista' que se va de HBO Max
Sergio Negrete
-Redactor
Mi infancia estuvo repleta de películas de Disney en VHS. Bien podría ser un personaje de 'El diario de Bridget Jones', 'Fleabag' o 'Parks and Recreation'

No es para quien busca una película "bonita" de Al Pacino ni una historia edificante sobre diversidad sexual. Es para quien quiere ver una obra polémica, difícil, con un actor gigantesco y un director dispuesto a todo.

Para cuando llegaron los años 80, Al Pacino ya era una estrella con lugar asegurado en la historia del cine. Había sido Michael Corleone en El padrino y El padrino II, se había metido en la piel de un policía incómodo en Serpico y había convertido Tarde de perros en una de esas películas donde el crimen, la tensión social y el carisma actoral chocan sin pedir permiso. No era un actor buscando validación.

Pero Pacino nunca pareció demasiado interesado en quedarse únicamente en personajes seguros. Entonces llegó una película que lo llevó a un territorio todavía más incómodo, dirigida por William Friedkin, el mismo cineasta que había sacudido al público con El Exorcista y Contacto en Francia. Esta vez, el miedo no venía de una niña poseída, sino de las calles, los bares, los prejuicios y una comunidad que llevaba años siendo mirada desde fuera.

Un asesino suelto y una comunidad marginada

La cinta es Cruising, estrenada en 1980. Al Pacino da vida Steve Burns, un policía novato que se infiltra en la escena gay leather y sadomasoquista de Nueva York para investigar una serie de asesinatos contra hombres homosexuales. En HBO Max aparece bajo el título Encrucijadas, y aunque aún está disponible en la plataforma, figura entre esos títulos que dejan el catálogo próximamente.

Lo que la hace tan inquietante no es solo su trama criminal, sino el momento en que apareció. Cruising llegó en una época donde la comunidad gay todavía era profundamente excluida, estigmatizada y retratada con enorme torpeza. Friedkin no filmó una película amable ni conciliadora. Se metió en un ambiente nocturno, sexual, clandestino y cargado de códigos que muchos espectadores de 1980 no conocían más que desde el prejuicio.

Un thriller con una polémica enorme encima

La historia parte de un caso policial, pero pronto se convierte en algo más enrarecido. Burns entra a bares, cambia su ropa, aprende miradas, gestos y dinámicas de un mundo que no le pertenece. La cámara de Friedkin lo sigue como si él también se estuviera perdiendo dentro de ese espacio. No todo queda explicado, ni se resuelve con limpieza, dejando la sensación de incomodidad.

El problema fue que la incomodidad no se quedó en el vacío. Durante su producción y estreno, Cruising enfrentó protestas de grupos por los derechos gay, que la acusaban de asociar homosexualidad con violencia, crimen y enfermedad moral. Incluso se incluyó un aviso aclarando que la película no pretendía representar a toda la comunidad homosexual.

Pacino quiso empujar límites, pero después cambió la mirada

Años más tarde, Al Pacino reconoció que su intención inicial era hacer algo arriesgado y participar en una película que abordara una realidad poco vista en el cine comercial. Pero con el tiempo su lectura cambió. En sus memorias "Sonny Boy", el actor contó que terminó considerando Cruising una película explotadora hacia la comunidad LGBTQ+ y decidió donar su sueldo a organizaciones benéficas.

William Friedkin ya había demostrado que sabía incomodar al público. El Exorcista no solo fue un fenómeno de terror: fue una experiencia colectiva de miedo, escándalo y fascinación. Antes de eso, Contacto en Francia había redefinido el policial urbano con una energía sucia, nerviosa, pegada al asfalto. Friedkin tenía una obsesión por los mundos cerrados, por los personajes perseguidos por fuerzas que no siempre entienden y por los ambientes donde la moral se vuelve borrosa.

Con Cruising, su mirada se fue hacia un lugar todavía más delicado. El director no filmó la escena leather gay como simple decoración, sino como un territorio cargado de deseo, amenaza, códigos y rituales. La película observa con intensidad, pero no siempre con cuidado. El espectador entra a ese mundo desde los ojos de un policía heterosexual infiltrado, y esa distancia lo dicta todo.

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