Dentro del catálogo de Studio Ghibli hay películas para soñar, para reír, para recordar la niñez con un nudo amable en la garganta. Esta es para quedarse un rato mirando la pantalla cuando aparecen los créditos, sin saber muy bien qué hacer después.
Studio Ghibli tiene la rara capacidad de hacer que una película animada se sienta como un refugio. Uno puede entrar por la puerta de El viaje de Chihiro, y quedarse flotando entre espíritus, trenes sobre el agua y una niña aprendiendo a no olvidar su nombre. También está la fantasía melancólica de El niño y la garza, con Hayao Miyazaki mirando de frente al duelo. O está el romance medio embrujado de El increíble castillo vagabundo, donde hasta una casa caminante tiene un corazón propio.
Pero el estudio japonés no siempre se mueve entre criaturas adorables, paisajes verdes y brujas que reparten maldiciones. En su filmografía también hay películas que no acarician precisamente al espectador: lo dejan sentado, callado, con el pecho apretado y cero ganas de fingir que solo es una historia más. Porque Ghibli puede ser ternura pero también puede ser una mirada durísima sobre la pérdida, la guerra y las infancias rotas.
La película de Ghibli que no se recomienda a la ligera
Ahí entra La tumba de las luciérnagas, disponible en Netflix México, una cinta que desde hace años carga con una reputación casi imposible de discutir: es una de las películas más devastadoras de Studio Ghibli, y quizá una de las más tristes que se hayan hecho. Es la historia de dos huérfanos que intentan sobrevivir en Japón tras la Segunda Guerra Mundial, mientras la comida escasea y la sociedad parece haber perdido cualquier gesto de humanidad.
Estrenada en 1988, la película fue dirigida por Isao Takahata, cofundador de Studio Ghibli junto con Hayao Miyazaki y Toshio Suzuki. A diferencia de varios títulos del estudio, aquí no hay una aventura fantástica que suavice el golpe ni un mundo mágico al cual escapar cuando la realidad se vuelve demasiado pesada. Seita y Setsuko, los dos hermanos protagonistas, viven una tragedia que avanza con una calma insoportable.
La película está basada en la novela semiautobiográfica de Akiyuki Nosaka, y desde ahí se entiende parte de su dureza. No se siente como una historia diseñada para hacer llorar por fórmula, sino como un recuerdo que alguien apenas puede contar su vida sin quebrarse. Takahata no convierte la guerra en espectáculo. La deja en los márgenes, en el hambre, en la ropa sucia, en una lata de caramelos, y en una niña que todavía quiere jugar aunque el mundo ya no tenga espacio para eso.
No es una película triste: es otra cosa
Muchas películas presumen de ser "para llorar", pero La tumba de las luciérnagas juega en otro terreno. Su golpe viene de lo cotidiano: dos niños intentando resolver lo imposible con recursos mínimos, decisiones torpes y una inocencia que se va apagando sin hacer ruido.
Setsuko es el centro emocional de todo, aunque la historia siga de cerca a Seita. Sus gestos pequeños, su forma de aferrarse a cualquier cosa que parezca normalidad, son los que terminan por romper la película desde dentro. No hay villanos grandes ni discursos solemnes. Hay adultos cansados, instituciones ausentes y una guerra que convirtió lo básico en lujo.
El otro rostro de Studio Ghibli
La existencia de La tumba de las luciérnagas también recuerda que Studio Ghibli nunca fue solo fantasías bonitas. El estudio ha construido buena parte de su prestigio con mundos llenos de imaginación, pero también con una sensibilidad enorme hacia la infancia, la naturaleza, la memoria y las heridas humanas. Su filmografía, disponible en gran parte dentro de Netflix, incluye desde clásicos luminosos como Mi vecino Totoro hasta títulos más ásperos y contemplativos.
Takahata tenía una mirada distinta a la de Miyazaki. Menos inclinada a lo mágico y más cercana al peso de la vida diaria. Mientras Miyazaki suele convertir el dolor en viaje, Takahata lo deja asentarse en la mesa, en la casa, en las decisiones que nadie quiere tomar. La tumba de las luciérnagas no necesita criaturas fantásticas porque su horror viene de algo mucho más reconocible.