Durante más de una década, una pareja vivió dentro del lugar más famoso de Disney y casi nadie fuera del círculo interno lo sabía.
Disney tiene memorias detrás de cámaras que parecen más grandes que sus propias películas. Ahí está el riesgo enorme de Blancanieves y los siete enanos, cuando muchos pensaban que un largometraje animado era una locura. El costo descomunal de La bella durmiente, que casi convirtió su belleza visual en una apuesta imposible. Y el cambio industrial que trajo Toy Story, cuando Pixar demostró que la animación por computadora no era un experimento, sino el futuro.
Pero las historias más raras de Disney no siempre ocurren en la pantalla. A veces están escondidas detrás de una atracción, en una oficina, o en una casa real que miles de visitantes pudieron tener cerca sin sospechar nada. Disneyland, el parque que nació de la obsesión de Walt Disney por construir una fantasía habitable, también tuvo sus propios residentes secretos.
La pareja que vivió dentro de Disneyland
Durante 16 años, Owen y Dolly Pope vivieron dentro de Disneyland sin que los visitantes del parque lo supieran. No estaban escondidos como intrusos. Su presencia estaba autorizada por el propio Walt Disney, quien los necesitaba cerca por una razón muy concreta: ellos eran expertos en caballos y animales.
La pareja llegó al mundo Disney antes de que Disneyland existiera como parque abierto al público. Walt los contrató en 1951 para ayudar a reunir, entrenar y cuidar al ganado que formaría parte de sus planes para el futuro parque. Primero vivieron en un remolque dentro de los estudios de Disney en Burbank, donde criaron y entrenaron caballos, además de construir carros, arneses y equipos para las atracciones.
Cuando Disneyland estaba en construcción, Disney les permitió elegir una de las casas que ya estaban en los terrenos adquiridos para el parque. La vivienda fue trasladada a una zona de diez acres detrás de Frontierland, donde se instalaría la Pony Farm, después conocida como Circle D Corral. Tres días antes de la apertura oficial de Disneyland, los Pope se mudaron ahí.
Frontierland necesitaba caballos de verdad
La razón de tenerlos tan cerca era bastante práctica. Frontierland no podía funcionar solo con fachadas, música y vaqueros de utilería. Si Walt quería diligencias, carretas, mulas, ponis y un ambiente del Viejo Oeste que se sintiera vivo, necesitaba personas que entendieran a los animales todos los días, no sólo en horario de oficina.
Owen y Dolly se encargaban de alimentar, entrenar, cuidar y preparar a los caballos que formaban parte del parque. Su trabajo no terminaba cuando cerraban las puertas al público. Los animales necesitaban atención constante, y tener a la pareja viviendo dentro del terreno hacía que todo fuera más sencillo, más rápido y mucho más seguro.
Walt Disney no los veía como empleados cualquiera
La relación de los Pope con Walt Disney fue especial desde el inicio. Durante la etapa en los estudios de Burbank, Walt los visitaba con frecuencia para hablar de caballos, espectáculos y de lo que imaginaba para Disneyland. No eran simples trabajadores contratados para una tarea menor; formaban parte de la construcción física y emocional de ese primer parque.
Esa cercanía ayuda a entender por qué se les dio un lugar tan singular. Disneyland estaba naciendo como una mezcla de ciudad ideal, set de cine y parque de diversiones. Walt quería controlar cada detalle, desde el diseño de Main Street hasta la manera en que se movían los animales en Frontierland. Los Pope aportaban algo que no se podía fingir: experiencia real de feria, rancho, caballos y espectáculo ecuestre.
La casa que sobrevivió al tiempo
En 1971, Owen y Dolly Pope dejaron Disneyland para mudarse a Florida, donde ayudaron en el arranque de Walt Disney World y del Tri-Circle-D Ranch. Con eso terminó su etapa como los residentes silenciosos del parque original. La casa, sin embargo, no desapareció.
Con los años, la Pope House fue usada como oficina y trasladada para conservarla dentro de la propiedad de Disneyland Resort. No está abierta al público ni funciona como atracción, pero sigue siendo una pieza extraña y valiosa de la historia del parque. Un recordatorio de que, antes de convertirse en una maquinaria turística global, Disneyland también fue un lugar lleno de soluciones improvisadas, personas clave y rincones casi domésticos.