El cine de acción en México por fin encontró su fórmula: por qué ‘La Captura’ de Netflix propone algo diferente al cine mexicano
Raul Godínez
-Jefe de video
Me gustó 'Roma' y 'Avatar 2'. Amo las Pop Tarts e imitar a Barney en mis tiempos libres. Si no hago ruido cada 5 minutos, exploto”.
Escrito con:
Nath Rodríguez

El largometraje protagonizado por Alfonso Herrera y Noé Hernández llegó a la plataforma de streaming con una fuerte propuesta

Hay películas que llegan para contar una historia y hay otras que llegan para demostrar que una industria llevaba demasiado tiempo haciendo las cosas de la misma manera. La Captura, la nueva producción de Netflix, pertenece sin duda a la segunda. Porque lo interesante de esta película no es que tenga persecuciones, balazos, criminales y policías. Eso ya lo hemos visto cientos de veces. Lo interesante es que consigue algo que el cine mexicano de acción llevaba años buscando sin encontrar del todo: hacer una película que se sienta mexicana, que tenga algo que decir sobre la realidad del país y que, al mismo tiempo, sea muy entretenida.

Durante años, se siente que el cine nacional quedó atrapado en dos extremos ya desgastados. Por un lado, la estética de telenovela de narcos: camionetas blindadas, mansiones doradas y villanos de utilería inspirados en una copia bastante dudosa de Scarface. El segundo era completamente el otro extremo: hacer una película tan seria, lenta y preocupada por demostrar que la violencia es un problema social que el espectador terminaba sintiendo que estaba pagando una penitencia cinematográfica.

El verdadero triunfo de La Captura reside en una pareja creativa que, sobre el papel, parecía una locura: Héctor de Mauleón y Chava Cartas. Uno viene del periodismo y la crónica. El otro, del cine comercial. Uno conoce las entrañas del crimen mexicano. El otro sabe perfectamente cómo hacer que una película de acción no te dé tiempo ni de ir por más palomitas.

De Mauleón aporta lo que tantas producciones intentan maquillar sin éxito: la realidad de las calles. Sus crónicas periodísticas le dan a la trama esa textura incómoda de los sucesos que ocurren a tres cuadras de tu propia casa. El crimen organizado y la corrupción no necesitan exageraciones hollywoodenses cuando están anclados a una realidad que vemos día a día. El drama se genera solo cuando el espectador sabe que el peligro es algo no sacado de la ficción.

Por su parte, Cartas aporta la experiencia del cine comercial bien hecho. Sabe cuándo una escena necesita acelerar, cuándo necesita respirar, cuándo meter humor y cuándo simplemente dejar que una secuencia de acción haga su trabajo. La película no frena su narrativa para recordarnos que es "importante". Confía en su ritmo y se asume como una película de acción con todas sus letras.

La película tiene algo que muchas producciones de acción mexicanas intentan fabricar y no siempre consiguen: sensación de autenticidad. Eso tiene mucho que ver con el trabajo de Héctor de Mauleón y con la manera en que sus crónicas sirven como punto de partida para esta historia.

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Mientras los grandes estudios estadounidenses gastan cientos de millones de dólares en inventar universos artificiales, México cuenta con un archivo inagotable de historias humanas, crudas y complejas atrapadas en la memoria del público mexicano. La historia tiene esa textura incómoda de las cosas que podrían estar ocurriendo a unas cuantas calles de distancia. No porque la película quiera convertirse en un documental, sino porque entiende algo muy sencillo: la realidad mexicana es tan pesada que algo caricaturesco le quita credibilidad.

La Captura toma esa realidad, la aprovecha para convertirla en un thriller y después darle el ritmo necesario para que el público busque seguir mirando. No es que todo lo que estoy diciendo sea una persecución particularmente espectacular, ni en una escena de acción determinada. Está en demostrar que sí se puede hacer cine de acción mexicano sin pedirle permiso a nadie y olvidarse del falso dilema de si algo es bueno, no puede ser comercial.

No necesitamos disfrazar nuestras historias para que parezcan estadounidenses, tampoco necesitamos volverlas deliberadamente graves para demostrar que tenemos algo importante que decir. Se puede hacer una película entretenida, violenta, auténtica y comercial; sin maquillajes innecesarios, pero tampoco cayendo en hechos 100% históricos.

Y si algo que debería provocar esta película dentro de nuestra industria es hambre. Hambre de más historias mexicanas, más cine de acción y de dejar de pensar que el entretenimiento comercial es enemigo de las buenas historias. Porque quizá llevábamos demasiado tiempo buscando la fórmula perfecta para hacer el blockbuster mexicano y realmente no se necesita inventar, solo necesitábamos mirar hacia nuestro propio país, encontrar a quienes ya estaban contando sus historias y ponerlas en manos de alguien que supiera convertirlas en cine.

La Captura no solamente quiere entretenerte. También demuestra que el cine mexicano puede volver a jugar en grande. Y, francamente, ya era hora.

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