El nuevo slasher de Eli Roth tiene sangre de sobra, pero carece de una idea que realmente lo haga destacar
por Víctor GómezDurante décadas, el género del slasher se ha caracterizado por una fórmula sencilla que se ha construido alrededor de asesinos, víctimas y muertes cada vez más creativas, pero el paso del tiempo ha obligado a sus nuevas propuestas a buscar diferentes maneras de sorprender al público. Bajo este contexto llega El Heladero: Dulce Sabor a Muerte, la nueva película de Eli Roth que se presenta como una apuesta dentro del género, pero que rápidamente deja claro que no tiene demasiado interés en hacer algo diferente.
A pesar de la violencia gráfica y el humor negro que promete encantar a los fanáticos del gore, la cinta no logra aprovechar estos elementos. Lo que podría haber resultado en un filme divertido y refrescante termina siendo una historia predecible, con personajes poco desarrollados y con decisiones que restan fuerza tanto al terror como aquellos momentos en los que intenta apostar por el humor.
¿De qué trata ’El Heladero: Dulce Sabor a Muerte’?
El idílico pueblo de Bayleen Bay, todo parece estar listo para disfrutar de un tranquilo verano hasta que la llegada de un misterioso vendedor de helados (Ari Millen) cambia por completo la vida de los habitantes. Estos irresistibles postres rápidamente se convierten en los favoritos de los niños, pero la diversión dura poco cuando aquellos que los prueban comienzan a comportarse como unos auténticos maniáticos y homicidas.
Entre quienes logran mantenerse al margen se encuentra Jared (Charlie Zeltzer), un niño de 12 años que, debido a su intolerancia a la lactosa, descubre que todo esto forma parte de una gran amenaza que desata el caos entre los adultos. Junto a sus amigos, que también lograron evitar transformarse, tendrá que descubrir qué se esconde detrás del heladero antes de que el pueblo quede completamente fuera de control.
Una premisa con mucho potencial que termina desaprovechada
Antes de que tuviera la oportunidad de ver esta película, realmente creía que iba a ser como esas películas tan malas que terminan siendo buenas, pero la verdad es que Roth nos entrega un proyecto mediocre que no termina de explotar la idea de convertir algo tan inocente y cotidiano en una auténtica pesadilla de terror. Y es que desde su premisa, tenía todos los ingredientes para convertirse en un slasher absurdo, divertido y hasta memorable, pero conforme avanza la historia se queda demasiado en la superficie y utiliza esta trama como un pretexto para desatar un festín de sangre, violencia y situaciones grotescas que poco aportan al desarrollo de la historia.
Y es que resulta inevitable compararla con La hora de la desaparición, cuya historia también coloca a los niños en el centro de una historia de terror, aunque con resultados diferentes. Mientras Zach Cregeer utiliza la desaparición de los menores para hacer una apología a la violencia armada y el trauma colectivo que termina dando pie a algo mucho más grande, Eli Roth toma una idea igual de llamativa con una crítica social a uno de los temas más sensibles, pero decide llevarla principalmente hacia el terreno del gore y la violencia como objetivo final.
A pesar de que incluye un gran plot twist que merece la pena que los espectadores descubran por su cuenta, todo el misticismo alrededor del heladero no tiene el mismo peso que en la cinta de Cregger, ya que la historia está más interesada en retratar las muertes más sanguinarias y estúpidas posibles que en desarrollar realmente el misterio que plantea. Y es que justo cuando la película finalmente parece dispuesta a profundizar más en este aspecto, nuevamente se conforma con llevar su propuesta hacia la violencia más exagerada, dejando en segundo plano una de las partes que podrían haberle dado mayor identidad a la historia.
Mucho gore, pero poco terror
Esto también se hace evidente con títulos más recientes como la trilogía de Terrifier. Aunque ambas películas llevan el gore y la violencia hasta extremos bastante gráficos, las escenas creadas por Damien Leone en Terrifier suelen generar una sensación de incomodidad porque se toman el tiempo necesario para construir una tensión que poco a poco desemboca en momentos de violencia que resultan difíciles de mirar.
En El Heladero, en cambio, muchas de estas secuencias no consiguen provocar el mismo impacto, ya que la película parece estar más preocupada en mostrar lo grotesco que por hacer que el espectador realmente sienta algo frente a lo que está ocurriendo. La sangre está presente prácticamente desde el principio, pero la cantidad de violencia no necesariamente se traduce en una experiencia más perturbadora.
Además, parte del atractivo de este tipo de películas está precisamente en descubrir qué tan elaboradas, creativas y exageradas pueden llegar a ser sus muertes, algo que la franquicia de Destino Final ha sabido convertir en su sello. Desafortunadamente, aquí tampoco consigue destacar en este apartado. A pesar de su clasificación C y de la completa libertad creativa que tenía el estudio, varias de sus muertes terminan perdiendo impacto debido a una edición demasiado abrupta. Los cortes parecen apresurarse por mostrar el resultado, haciendo que las secuencias se sientan limitadas por la manera en la que fueron montadas.
Lo que debería ser uno de los mayores atractivos de la película termina sintiéndose casi como una vil parodia al estilo de Scary Movie, ya que lejos de provocar incomodidad, las muertes terminan generando humor por lo absurdas, tontas y poco creíbles que resultan. Incluso hay momentos que recuerdan más a las trampas que Kevin McCallister prepara en Mi pobre angelito, no por la elaboración de las mismas, sino por lo ridículas que pueden llegar a parecer las situaciones y la manera en la que los personajes terminan sufriendo las consecuencias.
Y aunque es de reconocer el esfuerzo detrás del uso de los efectos prácticos, en varios momentos estos terminan jugando en su contra, ya que algunos props se ven tan falsos que parecen elementos comprados en una tienda de disfraces, restándole todavía más credibilidad a lo que debería ser uno de los aspectos más gráficos de la película.
El uso descarado de inteligencia artificial
Justo cuando pensaba que toda la polémica alrededor de aquella escena animada creada con inteligencia artificial era apenas la punta del iceberg, la propia cinta termina dejando la sensación de que el problema va mucho más allá de esa secuencia.
Y es que, en distintos momentos, da la impresión de que la película recurre a inteligencia artificial generativa para algunos elementos como el fuego, la sangre y ciertos movimientos de los niños, que por momentos lucen poco naturales, como si se tratara de una animación de un videojuego de los 2000.
En una cinta que apuesta tanto por el gore y los efectos prácticos, resulta bastante decepcionante encontrarse con momentos en los que lo digital termina sacándote de la historia, ya que más que contribuir al espectáculo, hace que todo se sienta poco convincente.
Un poco de luz entre el caos
A pesar de todos sus tropiezos, hay algunos elementos que consiguen rescatarse, empezando por las actuaciones del elenco juvenil conformado por Charlie Zeltzer, Kiori Mirza Waldman y Shiloh O'Reilly. Aunque sus personajes están construidos alrededor de varios clichés evidentes del género, el trío de amigos consigue sacar adelante sus papeles con una química muy natural dentro de un guion bastante flojo, que pocas veces consigue aprovechar realmente la dinámica entre ellos.
Sus interpretaciones no son precisamente memorables, pero sí logran que la relación entre los protagonistas resulte entretenida y que sea fácil seguirlos a lo largo de la historia, con momentos humorísticos que sí lograron sacarme más de una carcajada.
De igual manera, vale destacar la interpretación de Ari Millen como el misterioso heladero, quien consigue darle una presencia única y peculiar a un personaje que, inevitablemente, recuerda mucho a Art The Clown. Millen aprovecha muy bien la expresión corporal, los gestos y esa personalidad exagerada para construir una presencia extraña e incómoda, haciendo que cada una de sus apariciones tenga cierto atractivo.
El sabor de un fracaso
Al final, otro de los pocos aspectos que realmente disfruté fue su apartado musical. La banda sonora de Brandon Roberts consigue acompañar bastante bien la atmósfera de la película, mientras que los arreglos musicales de SnoopDogg, logran darle un toque adicional de personalidad con sus ritmos dinámicos y juguetones que contrastan con toda la violencia.
Sin embargo, ninguno de estos aciertos consigue compensar una película que termina quedándose muy corta frente a la promesa de ser la “obra más aterradora y descabellada” que Eli Roth mencionó. Para los fanáticos del slasher El Heladero: Dulce Sabor a Muerte difícilmente será una experiencia grata, especialmente para quienes esperan encontrar una propuesta capaz de sorprender dentro de un género que se ha reinventado en los últimos años.
Más que una película aterradora, termina siendo una cinta que funciona mejor cuando abandona cualquier intento de tomarse en serio y se entrega por completo a lo absurdo de su propia premisa. El problema es que ni siquiera en esos momentos consigue ser lo suficientemente divertida, ingeniosa o desquiciada como para convertirse en una de esas propuestas que encuentran su encanto en lo ridículas que pueden llegar a ser.
Al final, El Heladero: Dulce Sabor a Muerte termina siendo un resultado desastroso y sumamente olvidable, que, desde mi punto de vista, podría colocarse entre las peores películas de terror de este año.