Antes de la década de 1980, la animación en Japón comenzó a parecerse demasiado a una fábrica, al producir series rápidas, historias simples y dibujos que si bien resultaban espectaculares, carecían de una verdadera intensión detrás de sus trazos. Por lo tanto, cuando en medio de esa situación Hayao Miyazaki e Isao Takahata decidieron apostarlo todo a contar historias que se tomaran su tiempo y miraran a los personajes con compasión y asombro, esta industria se transformó.
Antes de tener un estudio, Miyazaki dibujó Nausicaä del Valle del Viento en el que exploró la fuerza de la naturaleza, la existencia de insectos gigantes y una humanidad que no sabía convivir con su entorno. La película fue un éxito inesperado y, con él, llegó una certeza: era posible hacer animación para adultos sin perder la magia que fascinaba a los niños. Así que para 1985, junto al productor Toshio Suzuki, el trío fundó Studio Ghibli, llamado así por un viento del desierto ya que querían "soplar aire nuevo" sobre la animación japonesa.
La revolución de Studio Ghibli en la animación japonesa
Studio Ghibli
Desde entonces, Ghibli se volvió un lugar con historias icónicas en las que personajes como Totoro aparecieron para retratar a los espíritus silenciosos de los bosques. También conocimos a brujas como Kiki, quien aprendió a volar sin manuales, y en animaciones como La tumba de las luciérnagas vimos una intensidad emotiva únicamente alcanzada por el cine realizado con humanos.
Y como cada película era distinta, pero cada una de ellas compartía la misma mirada de respeto por la infancia, la memoria, la naturaleza y las emociones humanas, mientras el mundo pedía más velocidad, Ghibli eligió dibujar a mano y esperar. Así, poco a poco, el estudio se convirtió en un refugio creativo y en una forma de resistencia artística, que a más de tres décadas de su fundación sigue conquistándonos por completo.
Además, con los años Miyazaki empezó a sentir que ya no bastaba con contar historias suaves y bonitas, sino que el mundo, pensaba, estaba herido y ya que la naturaleza estaba siendo empujada al límite -con los humanos parecían incapaces de escucharla- surgió la inquietud de crear a La princesa Mononoke.
'La princesa Mononoke' de Hayao Miyazaki
Netflix
A lo largo de esta cinta, Miyazaki volvió la mirada al Japón antiguo y se centró en sus bosques, donde se creía que vivían los dioses y los espíritus animales. Imaginó un tiempo en el que el hierro y la pólvora comenzaban aparecer sobre la tierra y decidió no contar una historia de buenos contra malos, sino de choques inevitables entre el progreso humano y su realidad.
Así surgieron Ashitaka, quien es un joven que solo busca equilibrio y armonía entre los suyos; San, que es una muchacha criada por lobos que odia a los humanos; y Lady Eboshi, una mujer que destruye el bosque para construir un futuro.
Y como cada escena de esta trama exigió decisiones difíciles, Miyazaki cambió el rumbo mientras dibujaba, empujando la historia hacia lugares más oscuros y honestos, que impactaran a los espectadores. Como resultado, por primera vez Studio Ghibli usó herramientas digitales, no con el fin de reemplazar la mano humana, sino para ayudarla a expresar la carga emocional de cada escena.
El éxito de una de las mejores historias animadas de Studio Ghibli
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Cuando La princesa Mononoke llegó a los cines en 1997, no parecía una película animada tradicional, sino que resultó una declaración feroz, violenta, hermosa y triste sobre la relación de los seres humanos con su entorno. Además no solo nos ofreció cuestionamientos difíciles, sino que nos colocó de frente ante la premisa de si el ser humano puede o no aprender a vivir sin destruir lo que ama.
Desde entonces, para muchos La princesa Mononoke no es solo una película sino de que el cine y el arte pueden tener una postura política, ética, social y emocional, y a su vez dar como resultados espacios de creación asombrosos, mágicos y profundos como lo ha Studio Ghibli a través de este tiempo. Actualmente esta película está disponible en Netflix.