El cine de acción está lleno de nombres enormes pero Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone son los pilares absolutos de los años 80 y 90 que definieron cómo debía verse un héroe. Durante años, las estrellas de Terminator y Rocky marcaron el estándar. Si no lucías como una montaña humana, no tenías mucho que hacer en ese género.
Y sin embargo, entre tantos músculos aceitados y testosterona desbordada, hubo un actor que llegí sin el físico intimidante: Bruce Willis. Pero lo que pocos saben es que el protagonista de El sexto sentido terminó convirtiéndose en una figura clave del cine de acción no por un plan maestro, sino por una cadena de decisiones fallidas que nadie vio venir.
Cuando nadie quería el papel
Antes de que Duro de matar se convirtiera en una película legendaria e hiciera de Willis un ícono del género, todo comenzó de la forma menos glamorosa posible. No había mucho entusiasmo por el proyecto y ningún ídolo de la época levantó la mano para protagonizar la película. Duro de matar existía, el guion estaba ahí pero nadie quería ser parte de él. No sonaba atractivo ni parecía que sería un éxito.
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En un inicio, el estudio incluso quiso que Frank Sinatra interpretara al protagonista pero dijo que no. Y ese fue apenas el primero de muchos rechazos. Después vinieron otros nombres gigantes: Schwarzenegger, Stallone, Clint Eastwood e incluso Burt Reynolds y Richard Gere. Todos ellos fueron de los tantos y dijeron que no. Nadie quería cargar con una película que no prometía nada.
Con la lista de estrellas agotada y el proyecto a punto de caerse, apareció Bruce Willis como la última opción disponible. No era una superestrella del cine de acción. Él venía de la televisión y no encajaba en el molde. Pero ya no había alternativas y el estudio tuvo que aceptarlo.
Un héroe distinto, por accidente
Pero Willis hizo magia. Porque lo que parecía un error terminó redefiniendo el género. Willis no era invencible. Su personaje, John McClane, se cortaba los pies, se cansaba, sudaba, gritaba y se quejaba como cualquier persona real. No parecía un dios. Parecía alguien atrapado en una pesadilla tratando de sobrevivir.
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Ese cambio fue clave, logrando que el público conectada de inmediato. Por primera vez, el héroe de acción no estaba por encima del espectador, sino a su lado. Y sin quererlo, Duro de matar creó un nuevo arquetipo que dominaría los años siguientes: uno más humano, más cercano y muchísimo más emocionante.
Lo irónico es que, si cualquiera de esos actores hubiera dicho que sí, la historia del cine de acción sería muy distinta. Bruce Willis no estaba destinado a ese papel, no era la primera opción, ni la quinta, pero terminó siendo la correcta.