Antes de las alfombras rojas, de los contratos millonarios y de que su cara fuera sinónimo de comedia desatada, hubo un momento en la vida de Jim Carrey en el que el éxito parecía una broma cruel. Fue mucho antes de Sonic, la película, La Máscara y Todopoderoso, cuando no había fama ni dinero. A veces, Carrey ni siquiera había un lugar fijo donde dormir. Solo una idea persistente que se negaba a desaparecer.
Y en medio de esa precariedad absoluta, le ocurrió algo tan extraño como revelador. Algo que no tenía ningún valor real pero que terminaría convirtiéndose en una de las anécdotas más famosas del cine moderno.
Cuando soñar era lo único que quedaba
A mediados de los años 80, Jim Carrey no era un estrella. Apenas era un comediante desconocido, que había sido rechazado una y otra vez, sobreviviendo como podía en Los Ángeles. Hubo temporadas en las que literalmente vivía en una furgoneta, sin lujos y sin un plan B claro.
Paramount Pictures
Lo único constante era su convicción. No un optimismo ingenuo, sino una terquedad casi obsesiva. Carrey estaba convencido de que, tarde o temprano, algo iba a pasar. No sabía cuándo ni cómo y decidió dejar constancia: se firmó un cheque a sí mismo por 10 millones de dólares.
Un papel sin valor que lo cambió todo
El concepto era simple y absurdo a la vez. El cheque decía "por servicios de actuación prestados" y tenía una fecha concreta: Acción de Gracias de 1995.
Warner Bros.
No era una broma: era un gesto simbólico, una especie de ancla mental. Carrey guardó ese cheque falso en su billetera y lo llevó consigo durante años, viéndolo desgastarse, doblarse, envejecer junto con él. Era su recordatorio diario de hacia dónde quería llegar.
El giro inesperado y muy real
Entonces llegó 1994. Y con él, el punto de quiebre. Primero fue Ace Ventura: Detective de mascotas, una comedia que explotó en taquilla y convirtió a Carrey en un fenómeno inmediato. De la noche a la mañana, su rostro estaba en todos lados.
Katja Motion Picture Corporation
Y como si el universo tuviera un sentido del humor impecable, ese mismo año firmó para Una pareja de idiotas. ¿El pago? Alrededor de 10 millones de dólares. Exactamente la cifra que había escrito años antes en ese cheque imposible. Y sí, ocurrió antes de que venciera la fecha que él mismo había establecido.
Para 1995, Jim Carrey ya no era una promesa: era una estrella. Sus contratos empezaron a sumar cifras que igualaban, o incluso superaban, aquella cantidad que había visualizado cuando no tenía nada. Películas como La Máscara consolidaron su estatus y lo colocaron entre los actores mejor pagados de Hollywood.