Cuando una película como El viaje de Chihiro regresa a salas de Cinépolis y Cinemex, la pregunta no es si vale la pena verla otra vez, sino cuántas situaciones nuevas vas a descubrir en el proceso. Porque revivir la obra maestra de Studio Ghibli no se vuelve cansado con el tiempo: se vuelve más amplia, se llena de nuevos significados y se consume distinto según quién la mire.
A 25 años de su estreno, la película dirigida por Hayao Miyazaki vuelve a confirmar que no es solo un clásico de la animación, sino una obra que vive. Yo ya la había visto. La tenía instalada en mi sección personal de favoritas. Recordaba con claridad a Haku, a Sin Cara, el tren avanzando sobre el agua. Pero regresar a ella en pantalla grande no fue un ejercicio de nostalgia, sino de redescubrimiento: la experiencia se volvió más personal, más abrumadora y, sobre todo, más crítica.
La historia ya es conocida: la pequeña Chihiro cruza un umbral y queda atrapada en un mundo espiritual después de que sus padres son transformados en cerdos. A partir de ahí, debe trabajar, resistir y transformarse para recuperar su nombre y encontrar el camino de regreso. Como en Alicia en el País de las Maravillas, hay una niña que atraviesa una frontera hacia lo desconocido. También hay ecos de la mitología japonesa, como el descenso al mundo espiritual del mito de Izanagi. Pero más allá de las referencias culturales o literarias, lo que verdaderamente cambia con el tiempo es la lectura emocional que podemos hacer mientras la volvemos a ver.
Cinemex celebra el 25 aniversario de 'El viaje de Chihiro': podrás ver la obra maestra de Studio Ghibli en la pantalla grande y ya hay fecha de estrenoDe niños podemos verla como una aventura fantástica: inquietante por momentos, mágica en otros, poblada de criaturas que fascinan y desconciertan. Cada personaje cautiva desde un lugar distinto, aunque muchas de las emociones que despiertan quizá no sabemos nombrarlas aún. Años después, la misma historia se revela menos como un cuento de fantasía y más como una reflexión sobre identidad. Sobre lo que implica crecer sin perderse por completo en el proceso.
El balneario de Yubaba como metáfora
Uno de los ejemplos más claros es el balneario gobernado por Yubaba, ese espacio saturado de espíritus, contratos y jerarquías. Ya no percibo solo un escenario lleno de riquezas y momentos extraños. Se convierte en una metáfora del trabajo deshumanizado, del consumo excesivo y de las dinámicas de poder que generan la pérdida de la individualidad. Chihiro pierde su nombre para poder sobrevivir, y esa renuncia pesa distinto cuando la miras desde la adultez.
Studio Ghibli
Hay incluso lecturas históricas que vinculan estos espacios con los antiguos baños de la era Edo, donde trabajo y explotación coexistían bajo una apariencia de normalidad. Miyazaki no marca de manera clara estas ideas ni convierte su película en una crítica social explícita, pero construye un universo lo suficientemente complejo como para que esas capas emerjan con el tiempo.
Incluso Sin Cara cambia cuando lo miras años después. Antes era una figura enigmática, casi inquietante por su silencio. Ahora lo percibo como el reflejo de un vacío emocional: la necesidad de pertenecer, de ser visto, de consumir sin medida cuando nadie establece límites. No es un villano tradicional, sino un espejo incómodo de una sociedad donde la identidad es lo más valioso que se tiene.
La experiencia en sala de cine
Y todo esto, en pantalla grande, adquiere otra experiencia. Los fondos dibujados a mano no solo son bellos: logran transportarnos de una manera diferente a la realidad. Los silencios no funcionan como pausas, sino como espacios de reflexión. La secuencia del tren sobre el agua, que en casa puede sentirse larga, en la sala se transforma en un momento donde el tiempo se detiene y te permite respirar. Sentí que la película me exigía paciencia, una cualidad que rara vez ejercitamos hoy frente a las pantallas o en las múltiples horas de scroll.
También impresiona recordar que Miyazaki no trabajó a partir de un guion terminado, sino que fue construyendo la historia mientras la dibujaba. Esa libertad creativa se percibe en la estructura: la narrativa fluye como un sueño, que a veces no tiene una estructura clara a simple vista, pero que emocionalmente te va llevando al despertar de la identidad de Chihiro. No sigue una lógica convencional; sigue una lógica interna, intuitiva.
Studio Ghibli
Volver a El viaje de Chihiro no fue repetir una experiencia, sino verla a través de otros ojos, lo que cambia completamente la experiencia. Comprendí que no es una película que se agota con el paso de los años, sino una que se adapta a quien la mira y al contexto desde el que se observa. Y quizá por eso su reestreno, en una época donde todo se consume rápido, volver a sentarse en la oscuridad y dejar que Chihiro respire frente a nosotros es casi un acto de resistencia que todavía tiene algo nuevo que decirnos.