Hay cosas que uno puede dejar pasar: que te ganen el lugar del estacionamiento como en Bronca, hagan un complot contra ti como en Chicas pesadas, o incluso, que te hagan ir vestida incorrectamente como en Legalmente Rubia. Respiras y sigues tu camino. Pero que alguien mire feo a tu perrito en el parque, eso no se le perdona a nadie y ahí cambia la historia.
Porque el vínculo con una mascota no se explica, sino se siente. Es parte de tu familia, tu rutina y es esa compañía silenciosa cuando el día se pone pesado. Y cuando alguien cruza esa línea invisible, algo se activa por dentro. Y justo de eso trata esta película.
La fantasía de la venganza pero elegante
La cinta es John Wick y todo comienza con un perro. La historia presenta al personaje interpretado por Keanu Reeves, un exasesino a sueldo que intenta vivir una vida tranquila tras la muerte de su esposa. Lo único que le queda como consuelo es un cachorro, el último regalo que ella le dejó.
MJW Films
El perrito es un símbolo de esperanza, de duelo y de amor al mismo tiempo. Todo, hasta que alguien decide arruinarlo. Y lo que sigue no es solo una película de acción. Es una coreografía de furia perfectamente ejecutada.
Cuando cruzan la línea
Lo que hace que John Wick funcione tan bien no es solo la violencia estilizada o las escenas de pelea milimétricamente coreografiadas. Es la motivación. No es dinero, poder ni una conspiración mundial: es un perro.
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Eso convierte la historia en algo visceral. El espectador no necesita explicaciones complicadas. Entiende de inmediato y hay una empatía automática. Porque cualquiera que haya amado a un animal siente que esa reacción es comprensible. Exagerada en términos de la vida real pero identificable.
Acción con causa emocional
La película redefine el cine de acción moderno. Trajes impecables, clubes nocturnos iluminados con neón y un submundo criminal con reglas propias y hoteles exclusivos para asesinos. Pero en el fondo, todo se sostiene en una emoción simple: el duelo transformado en rabia.
Keanu Reeves construye a Wick como un hombre de pocas palabras. No grita, ni amenaza demasiado. Solo actúa, y cada golpe, cada disparo, parece cargado de algo más profundo que la mera venganza. Es casi catártico.
Nadie está diciendo que debas convertir el parque en un campo de batalla si alguien se atreve a mirar mal a tu perrito. Pero ver esta película es como liberar esa indignación en versión hiperestilizada. Es esa fantasía exagerada donde el universo conspira para recordarle al mundo que hay cosas que no se tocan. Y los perros son una de ellas.