Es uno de los mejores discursos del cine: 32 años después, esos poderosos 6 minutos aún resuenan en nosotros
Sergio Negrete
Sergio Negrete
-Redactor
Mi infancia estuvo repleta de películas de Disney en VHS. Bien podría ser un personaje de 'El diario de Bridget Jones', 'Fleabag' o 'Parks and Recreation'

En tiempos donde todo parece negociable, esos seis minutos todavía suenan como una sacudida. No porque sean perfectos, sino porque tienen pulso. Porque alguien se levanta y dice, con toda la rabia del mundo, que el carácter todavía importa.

En el cine, las imágenes suelen quedarse primero. El barco partiéndose en Titanic, Forrest Gump corriendo por todo Estados Unidos, un alien amistoso volando en una bicicleta en E.T., el extraterrestre, o un sable de luz encendiéndose en la oscuridad en Star Wars. Pero las palabras también tienen su propio poder y a veces basta una frase para que una película se vuelva parte de la vida de millones de personas.

Leonardo DiCaprio gritando "si tú saltas, yo salto", Tom Hanks filosofando con que "la vida es como una caja de chocolates", el tierno extraterrestre diciendo "E.T. llama a casa", o Darth Vader confesando una dura verdad a Luke Skywalker con un "Yo souy tu padre". Pero hay discursos que van más allá de una frase bonita. Monólogos que se quedan varios minutos y que parecen escritos para decir algo más grande que la escena. Uno de los mejores lo dio Al Pacino en los noventa.

Perfume de mujer
Perfume de mujer
Fecha de estreno 12 de marzo de 1993 | 2h 37min
Dirigida por Martin Brest
Con Al Pacino, Chris O'Donnell, James Rebhorn
Medios
3,7
Usuarios
3,4
Streaming

El discurso inolvidable de Al Pacino

La película es Perfume de mujer, estrenada en 1992 y protagonizada por Al Pacino como Frank Slade, un teniente coronel retirado, ciego, brillante, insoportable y profundamente roto. La historia sigue a Charlie Simms, interpretado por Chris O'Donnell, un estudiante becado que acepta cuidarlo durante un fin de semana para ganar dinero. Lo que empieza como un trabajo incómodo termina convertido en una especie de viaje emocional por Nueva York, con alcohol, tango, tristeza y un hombre que vive como si ya no tuviera nada que perder.

City Light Films

El famoso discurso llega hacia el final, durante una audiencia disciplinaria en la escuela de Charlie. El joven se niega a delatar a sus compañeros después de una broma pesada contra el director, y el sistema está a punto de aplastarlo por hacer lo correcto. Entonces Frank Slade se levanta y habla. Durante casi seis minutos, Pacino convierte una escena escolar en un juicio moral sobre la integridad, la cobardía y el precio de conservar el carácter cuando todos te empujan a traicionarlo.

Al Pacino no solo habla: incendia la sala

El monólogo funciona porque Pacino no lo interpreta como un sermón y ya. Slade está furioso pero también herido. Cada palabra sale de un hombre que ha vivido demasiado, que ha fallado, que ha visto cómo se premia a los débiles con poder y se castiga a quienes todavía tienen un poco de decencia. No es el adulto perfecto defendiendo al joven inocente. Es un hombre quebrado reconociendo algo limpio en alguien que todavía puede salvarse.

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Ahí está la fuerza de la escena. Frank no está defendiendo únicamente a Charlie. Está peleando contra una idea de mundo donde la comodidad vale más que la lealtad y donde decir la verdad puede salir más caro que mentir. Su discurso no suena poderoso porque está lleno de rabia, cansancio y una lucidez brutal.

Una actuación que le dio el Oscar

Perfume de mujer marcó un punto importante en la carrera de Al Pacino. Para entonces ya era una leyenda gracias a El padrino, Serpico, Tarde de perros, Scarface y muchas otras películas, pero el Oscar se le había resistido durante años. Fue Frank Slade quien finalmente le dio la estatuilla como Mejor Actor. La película también obtuvo nominaciones a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion Adaptado.

Han pasado más de tres décadas desde el estreno de Perfume de mujer, pero ese discurso sigue circulando en clips, listas y conversaciones sobre los grandes monólogos del cine. Parte de su vigencia viene de que no depende de una moda ni de una referencia específica. Habla de algo que sigue siendo incómodo: la facilidad con la que las instituciones premian la obediencia y castigan la integridad cuando se vuelve inconveniente.

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