La película del momento es El diablo viste a la moda 2, con Meryl Streep de vuelta como Miranda Priestly y Anne Hathaway retomando a Andy Sachs, la asistente que hace casi 20 años entró a Runway sin saber que una mirada podía doler más que otra cosa. La secuela llegó a cines con el elenco original reunido, incluidos Emily Blunt y Stanley Tucci. Y como era de esperarse, volvió a poner sobre la mesa una pregunta vieja: cómo un personaje que nunca grita terminó siendo una de las jefas más intimidantes del cine.
Miranda no necesitaba aventar cosas, hacer berrinches ni levantar la voz para congelar una oficina entera. Bastaba con que entrara a cuadro, dejara el abrigo sobre el escritorio y dijera una frase mínima con un tono suave, preciso y mortal. Ahora que la secuela revivió la fiebre por El diablo viste a la moda, también regresaron las historias de cómo Streep construyó a la editora que hizo temblar a las revistas de moda sin despeinarse.
El truco estaba en no gritar
Meryl Streep ha contado que, contrario a lo que muchos pensaron durante años, no construyó a Miranda copiando directamente a Anna Wintour. La actriz tomó inspiración de otras figuras: Clint Eastwood y Mike Nichols. El primero por esa autoridad silenciosa de alguien que domina una habitación sin levantar la voz. El segundo, por su inteligencia, su humor afilado y esa manera de decir algo devastador con elegancia.
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La decisión fue sencilla y brillante: Miranda no iba a gritar. En una película donde todos corren, se tropiezan, sudan, contestan teléfonos y parecen vivir al borde de un colapso nervioso, ella sería lo contrario. Una mujer que no necesita demostrar poder porque ya lo tiene. El primer día de lectura, mientras varios esperaban una jefa explosiva, Streep soltó esa voz baja, gélida, casi íntima y ahí cambió todo.
Una voz más aterradora que cualquier grito
El secreto de actuación de Streep convirtió a Miranda en una amenaza distinta. Los jefes que gritan pueden asustar, pero también muestran ausencia de control. Miranda nunca parece perderlo. Su voz baja obliga a todos a acercarse, a escuchar mejor y a quedarse quietos. En vez de llenar la habitación con ruido, ella la vacía. Nadie quiere interrumpirla porque cada palabra es una sentencia.
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Para Anne Hathaway, esa Miranda silenciosa fue el contraste perfecto. Andy entra a Runway como alguien que cree estar por encima del mundo de la moda. No entiende sus códigos, no le interesan sus jerarquías y piensa que el trabajo será un escalón temporal antes de llegar a algo "más serio". Miranda no necesita convencerla de nada. La deja chocar contra el sistema hasta que Andy entiende que la inteligencia también puede venir vestida de Prada.
La dinámica entre ambas funciona porque Streep no persigue a Hathaway con energía de villana obvia. La aplasta desde la quietud. Andy va corriendo mientras Miranda espera. Andy se justifica y Miranda parpadea. Andy quiere aprobación y Miranda apenas concede una mirada. La diferencia de temperatura hizo que cada escena entre las dos tuviera una tensión deliciosa.
El terror elegante de una oficina
El diablo viste a la moda no es una película de terror, pero Miranda tiene algo de criatura cinematográfica. Aparece y el ambiente cambia. La gente se endereza, guarda silencio, esconde errores, ajusta la ropa y respira distinto. No necesita una entrada con música siniestra porque el sonido de los tacones basta para activar el pánico.
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Streep entendió que el verdadero poder de Miranda estaba en la administración del miedo. Si hubiera gritado en cada escena, el personaje se habría desgastado rápido. En cambio, su voz baja crea expectativa y cada "that's all" cierra la puerta como una sierra eléctrica con modales.