Hay películas que funcionan casi como cápsulas del tiempo, aunque uno no las vea con esa intención. Son famosas por la comedia, por el personaje, por la nostalgia que la pasaban en domingo en televisión abierta, y de pronto dejan ver algo más que poco se notaba: una ciudad antes de convertirse en postal, una calle sin tanta gente y una plaza en donde todavía no había tanto turista. Con Cantinflas pasa mucho. Sus películas no sólo guardan chistes, sino que también guardan una parte de México.
El Padrecito tiene un efecto raro de película familiar que, vista desde otros ojos, permite mirar a San Miguel de Allende. No es la ciudad de fotos perfectas, terrazas llenas y fachadas recién pintadas, sino uno más cotidiano y menos pulido para los visitantes. La cinta de 1964, dirigida por Miguel M. Delgado, presenta a Cantinflas como el padre Sebastián, un sacerdote joven que llega a un pueblo donde no todos reciben sus ideas con los brazos abiertos.
El San Miguel que Cantinflas dejó en pantalla
Las calles que aparecen en El Padrecito están en pleno corazón de San Miguel de Allende. Entre las locaciones identificadas están Calzada de la Aurora, la calle Canal, los alrededores de la Parroquia de San Miguel Arcángel, la zona de Umarán y Relox, además de la iglesia de San Francisco. En pantalla, el recorrido no tiene el brillo turístico de hoy. Tiene más el aspecto de "pueblo" que de destino internacional.
Una de las entradas más llamativas es la del padre Sebastián llegando por Calzada de la Aurora hasta la calle Canal. Hoy ese trayecto puede sentirse muy distinto, con galerías, comercios, fachadas cuidadas y turistas caminando con celular en mano. En la película, en cambio, la zona luce más seca y deteriorada, muy lejos de la imagen impecable que San Miguel vende actualmente como una de sus mayores cartas de presentación.
La iglesia que se volvió parte de la película
La iglesia de San Francisco es una de las locaciones más visibles de El Padrecito. Hoy, el templo conserva una apariencia muy cercana a la que se aprecia en la película. También se menciona la plaza de toros como otro espacio que todavía permite ver que existe ese puente entre el San Miguel filmado por Cantinflas y el de los visitantes actuales.
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La historia no se quedaba únicamente en la postal religiosa. El padre Sebastián llega a San Jerónimo el Alto para ayudar al padre Damián, pero su forma de tratar a la comunidad no cae del todo bien al principio. Entre juegos de palabras, situaciones absurdas y ese humor tan suyo, Cantinflas convierte al personaje en un cura menos clásico y más cercano a la gente, incluso si eso implica meterse en problemas.
Una ruta que todavía se puede caminar
San Miguel de Allende ya tenía historia de sobra antes de pasar por el lente de El Padrecito. La ciudad fue fundada en el siglo XVI y alcanzó uno de sus momentos arquitectónicos más importantes en el siglo XVIII, cuando se levantaron varios edificios civiles y religiosos ligados al barroco mexicano. En 2008, el conjunto de San Miguel y el Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco fue inscrito en la lista de Patrimonio Mundial.
Travel + Leisure
Volver a las locaciones de la película tiene algo de paseo turístico y algo de arqueología emocional. Caminar por las calles, mirar hacia la Parroquia o acercarse a San Francisco ya no significa ver exactamente el mismo paisaje que vio Cantinflas, pero sí permite reconocer la base de esa ciudad filmada hace seis décadas. El empedrado, las torres, los muros gruesos y las plazas siguen haciendo buena parte del trabajo.